Que aplauda el Che girando las manos en el aire

Viernes, 13 de diciembre de 2013

La mayoría de la gente utiliza sus blogs para decir chorradas que sólo le preocupan a ellos mismos, cuyo impacto social es por tanto limitado pero que tiene un efecto balsámico sobre sí mismo realmente potente. Los blogs son sin duda psicólogos baratos de 24 horas. Siempre están dispuestos a ayudarte y soportan prácticamente cualquier tipo de sandez. Además, cuando uno termina, se siente reconfortado. Siendo así, procedo a comenzar mi terapia.

Me he cansado del buenrollismo. Nunca fue mi punto fuerte, la verdad. Pero comienzo a estar realmente harto. La multiculturalidad, el respeto a la diferencia, la tolerancia… Verdades liberales del siglo XXI. Y como todo lo liberal, me repugna. No digo que no haya más cultura que la europea-anglosajona y que haya que exterminar a las otras, no digo que no haya gente que no piense diferente y que haya que eliminar a los que piensan diferente. Ni me atrevo siquiera a decir que la intolerancia sea un patrón de convivencia bueno. En todo eso debe haber un “sí, pero”.

Sí a la multiculturalidad, pero no a aceptar conductas culturales salvajes, como la ablación. Que sean otros los que adopten a un caníbal, no yo. Sí a la diferencia, pero que ésta nunca se mueva en el ámbito del poder. Y no a la tolerancia gratuita. Al enemigo, ni agua. Y si pide, polvorones.

La noción de enemigo es peligrosa, pero necesaria. Creo en la tolerancia -y la mayor de las veces desde un estatus paternalista-, pero no creo que haya que tolerarlo todo. Me encantaría ver a los tolerantes amigos que simpatizan con el pacifismo más conservador y recalcitrante tolerar que su vecino toque la batería con amplificadores a las cuatro de la mañana de forma sistemática. Y el ejemplo del batería está traído a propósito. Estoy convencido de que la tolerancia con el batería es mucho menor que con un policía que les agrede o con un banquero que los desposee de su vivienda. Esa es la maravilla del multiculturalismo buenrollista hippie guay. Intolerancia con las afectaciones más íntimas y particulares, puramente consumistas, individualistas; y una suerte de felicidad y respeto hacia el enemigo público.

El multuculturalista buenrrollista hippie guay toma café descafeinado, coca-cola sin azúcar y jamón sin cerdo. Es el que dice viva la revolución de la paz. Que viva el Che Guevara subido a lomos de un corcel mágico -sin espuelas, por supuesto- repartiendo claveles en los fusiles de sus enemigos. Y no estoy dramatizando. Quiere lo superchachi pero sin lo supermalo. El multiculturalista buenrrollista hippie guay ve en la revolución de los claveles portuguesa una poesía. Pero se olvida del bolígrafo con la que está escrita. No fueron los militares “enemigos” los que se pusieron los claveles, sino los “amigos” y en un gesto claro: tenemos claveles porque esperamos que estéis de buen rollo, pero si no lo estáis nos liamos a tiros. Esa era la imagen poderosa de la revolución de los claveles. No un clavel, sino un clavel dentro de un fusil. Lo superchachi y lo supermalo. Y no quiero idealizar la revolución de los claveles (y los fusiles) por su devenir histórico; pero lo cierto es que fue un cambio revolucionario con fusiles. Desafío al multiculturalista buenrrollista hippie guay a que me ofrezca una revolución de toma del poder que se haya efectuado sólo con claveles.

Es algo maravilloso ver cómo el multiculturalista buenrrollista hippie guay ansía la revolución y se niega a aceptar las consecuencias violentas que ésta tiene. Y en ese impasse, celebramos poder reunirnos en las plazas a vomitar nuestras ideas que, como se niegan a dar el paso definitivo de la violencia, se quedan en cosas poco más útiles que vomitar las ideas en un blog como estoy haciendo en este instante.

Lo realmente terrible es que la izquierda realmente existente está cediendo esos espacios de discusión. Proclamar la violencia como un proceso lógico dentro de cualquier pugna por el poder real está mal visto. Decir que hay enemigos de la sociedad está mal visto. Señalar que en algún momento tendremos que salir de ese absurdo del asambleísmo y hacer algo está mal visto. Hemos perdido el norte de lo importante y nos resignamos a lo posible. La integración de las minorías en la sociedad capitalista es un éxito para el multiculturalista buenrrollista hippie guay, incluso un fin si para cualquier otra cuestión hay que recurrir a la violencia. Con ese pensamiento, la integración de las minorías en la sociedad socialista es una utopía quimérica. Y no creo que deba ser para la izquierda realmente existente una quimera alcanzar el socialismo.

En otras palabras y por resumir. Estoy cansado de la cultura de la derrota. Y no me vale un “ahí os quedéis con vuestra postmodernidad multiculturalista buenrrollista hippie guay”, porque por suerte o por desgracia, la contestación real al capitalismo necesita de esta gente. Radicalicemos y violentemos el discurso. Empezar por ahí es toda una tarea revolucionaria.

 

Alejandro Quesada Solana Ideología, Política , , , ,

A ti que hablas andaluz

Sábado, 26 de octubre de 2013

Por suerte he podido viajar bastante a lo largo de mi breve vida. E incluso he podido fijar mi residencia en tres ciudades diferentes de la geografía española. Y ello me ha llevado a valorar y a cuestionarme ciertos aspectos de mi naturaleza como andaluz. Considero que mi tierra es aquella que piso y que mi patria la componen los que, como diría el Che, tiemblan de indignación por cada injusticia; pero ello no debe oscurecer el hecho de que cada pedacito de tierra tiene unas formas más o menos concretas de cultura que empapa a quien la habita. En mi caso, como granadino, he aprendido a valorar ese tipo de aportaciones mientras me mantenía alejado de Granada.

En concreto, me centraré en la cuestión del habla andaluz. Y de cómo un andaluz automáticamente intenta disimular su acento cuando pisa la meseta.

Con mis compañeras de piso tuve una estimulante a la par que irritante discusión acerca de lo bien o mal que hablamos los andaluces. Ellas son norteñas, cántabra y riojana. La tesis principal defendida es que los andaluces hablamos mal. Lo cual ni es preciso, porque formas andaluzas de hablar hay muchas, ni es correcto. Y no es correcto porque para hablar mal en primer lugar hay que tener un sistema de referencia fonética rígido, que el castellano no lo posee, por lo tanto es imposible hablar mal lo que no existe. Además, como decía, el andaluz como conjunto de lenguas, difiere mucho de una región a otra por lo que englobar a todos los andaluces en el mismo ámbito demuestra poco rigor en el análisis.

Además de lo dicho, el andaluz sólo es una forma peculiar de hablar el castellano -e incluso me planteo que sea una forma superadora del castellano por su riqueza en vocabulario-, como lo es la forma levantina, catalana o castellano-manchega. El “Madriz”, el “ej que”, la prolongación de la “l” de los catalanes, u otros muchos casos son constitutivos de lo que, yo creo, supone la amplitud fonética del castellano.

Otra cuestión muy diferente es la existencia de problemas gramaticales -los cuales sí que poseen un sistema rígido de referencia-. Sin embargo, Andalucía es una de las regiones donde sus hablas no se caracterizan por tener problemas gramaticales. Efectos como el laísmo o el leísmo que sí que poseen regiones como Cantabria, Castilla y Madrid, por ejemplo, nunca han sido constitutivos del sello del “mal hablar” que arrastramos los andaluces.

Y la cuestión del “mal hablar” no me molesta por la percepción errónea que otros puedan tener acerca del conjunto de lenguas que es el andaluz. El falso “mal hablar” me molesta porque a pesar de su naturaleza de falso, oprime, caracteriza y define al andaluz. Un andaluz, por definición habla mal -lo cual es erróneo-, y habla mal por una falta de cultura -que es la justificación más usada-. Eso lleva automáticamente a un andaluz a renegar de su forma de hablar para evitar ser tildado de inculto. Renegar de una forma peculiar de hablar -que, por cierto, es el único conjunto de lenguas de Europa que posee la h aspirada proveniente del árabe y cuya frase típica está compuesta por menos sílabas que la del resto de castellano-hablantes- por miedo a ser marcado.

Eso, el rechazar tu cultura, es una injusticia terrible y que además está retroalimentada fuertermente por los medios de comunicación donde suelen categorizar al andaluz como analfabeto o a evitar que los actores andaluces serios le pongan su acento al guión. El andaluz, más allá de Andalucía ni existe y, si existe, es ridículo y denota incultura. Cuando, muy al contrario, el andaluz bebe de muchas más fuentes que el castellano-vallisoletano.

Por eso he decidido escribir este post como un llamado a los andaluces a hablar de forma gramaticalmente correcta, y en andaluz. Porque no sólo no hay que avergonzarse de ser andaluz sino que en ciertos sentidos hay que usarlo como herramienta política para rechazar la utilización mediática despectiva del mismo.

Alejandro Quesada Solana Ideología

Prohibición prohibida y tolerada

Miércoles, 9 de octubre de 2013

Desayunaba esta mañana con la noticia de que el Ayuntamiento de Granada está listo para poner en marcha un sistema de multas novedoso: el denunciator. Consiste este invento en un vehículo equipado con un gps, un par de cámaras y un policía local cuyo objetivo es sancionar con multa aquellas infracciones de tráfico que pueda captar. En concreto, el cacharrito buscará y multará a aquellos vehículos que estacionen en doble fila.

La práctica de la doble fila está sancionada desde el mismo momento en el que un vehículo estaciona en un lugar no habilitado para ello. Por tanto, es una conducta ilegal y que es merecedora de multa. No obstante, también es (o era) una práctica tolerada.

Hay varios motivos de por qué una práctica ilegal puede ser tolerada. En primer lugar, por un análisis coste-beneficio donde sea más gravoso detectar o sancionar la acción que el mal que la acción provoca; en segundo lugar, porque la acción sea imposible de controlar; y en tercer lugar, porque convenga política o socialmente.

El caso del aparcamiento en doble fila convenía (y conviene). Ante la carestía del aparcamiento en la ciudad de Granada –tanto por su inexistente dotación pública, como por los elevados precios de los parkings públicos de propiedad privada – , la doble fila ayuda al ciudadano a realizar compras breves en comercios locales [la mayoría de las compras breves sólo se pueden hacer en comercios locales, porque tienen una atención más directa y su superficie suele ser más reducida], también ayuda a la hora de, por ejemplo, trasladar a personas de movilidad reducida (especialmente ancianos) donde es conveniente aparcar en el lugar más cercano al origen o el destino, y también ayuda, por ejemplo, a los transportistas a la hora de efectuar su trabajo con la menor pérdida de tiempo posible –vital en ese tipo de trabajos-. Es decir, la doble fila da bienestar y dinero.

No hago aquí un alegato a favor de la doble fila, pues preferiría un sistema eficaz y eficiente de transporte público masivo o, en su defecto, una buena red de áreas de estacionamiento públicas, sin embargo insisto: la doble fila es una actividad ilegal digna de ser tolerada.

Sin embargo el afán recaudatorio puede más que la sensatez. Más recaudación pero a costa de dificultar el comercio local o el bienestar de ciertos sectores sociales. Sería interesante poseer el estudio económico que hay detrás de esta medida y comprobar si se ha tenido en cuenta el impacto que la prohibición prohibida tendrá en los hábitos de compra de los granadinos y las granadinas y por tanto la ineficiencia del sistema; estoy convencido de que ni siquiera se lo habían planteado. Y vaya por delante que no soy amigo de las medidas “economicistas”, pero es que cuando la única justificación a esta persecución a los doblefileros –prácticamente a todos los conductores en algún momento de sus vida- es económica (recaudadora) qué menos que hacer el estudio económico en condiciones.

Aunque también les digo, que siendo yo poco amigo de las conspiraciones, el hecho de dificultar el aparcamiento en Granada –más zona azul, el denunciator…- tiene un claro beneficiario: el sector de los parkings públicos de propiedad privada, con los que nuestro querido Torres Hurtado ya firmó recientemente un convenio por el que trasvasa dinero público hacia estos parkings. Esta nueva vuelta de tuerca, ¿será quizá una nueva forma de incentivar [obligar] el uso de los parkings públicos de propiedad privada? El análisis coste-beneficio parece que ya nos va cuadrando a todos. Aunque a unos más que a otros.

Alejandro Quesada Solana Política ,

El trabajo en Karl Marx. (IV) Acumulación y crisis

Martes, 27 de agosto de 2013

Termina aquí la saga dedicada a la introducción de la economía política marxista. En esta entrada debatiremos cómo la existencia del capitalismo lleva aparejada a sí misma la existencia de la crisis y en qué consisten esos términos. Sin embargo, quedan pendientes muchas cuestiones como por ejemplo por qué existen los capitalistas y los trabajadores. Esta cuestión, que está resuelta, la tengo planeada para un futuro incierto para intentar ilustrarla de la mejor manera posible.

Como decíamos en anteriores entradas, y por recordar, el capitalista necesita al trabajador para poder conseguir ese extra necesario para vivir, pues el dinero, por sí solo, no devuelve más dinero que el que se entrega al inicio. De este modo, al cobrar más barato el trabajador por su fuerza de trabajo que el trabajo que realmente aporta al proceso productivo, surge la plusvalía.

Esta plusvalía, que es la base de la acumulación capitalista, puede verse incrementada de varias formas. De una forma directa, esto es, incrementando las horas de trabajo. Si un trabajador produce para sí mismo -el tiempo necesario para alcanzar su mínimo de subsistencia- cuatro horas, y para el capitalista -en forma de plusvalía- durante otras cuatro horas, si el capitalista quiere aumentar la plusvalía obtenida deberá aumentar el número de horas que el trabajador trabaja para el capitalista. Así, un alargamiento de la jornada laboral conlleva automáticamente a un aumento de la plusvalía obtenida.

Del mismo modo, si en lugar de alargar la jornada laboral se desea mantener esta fija, la solución que impondrá el capitalista será reducir los tiempos que el trabajador consume para sí mismo, aumentando automáticamente los tiempos en los que el trabajador trabaja para el capitalista. Esto se puede lograr reduciendo el salario o bien aumentando la productividad en el trabajo.

Pero la cuestión que aún no hemos puesto de relieve es, ¿por qué el capitalista necesita más plusvalía? Supongamos que todos los miembros de la sociedad -capitalistas incluidos- obtienen dinero suficiente como para reproducir su fuerza de trabajo o su capital a escala simple. Es decir, el trabajador gana lo suficiente para vivir y el capitalista gana lo suficiente para recuperar su inversión y un extra para vivir. ¿por qué iba a ser necesaria más plusvalía?

La respuesta a esta cuestión se halla en la acumulación.

El capitalismo se rige por una serie de reglas muy bien delimitadas y estas se pueden resumir en una: el grande se come al pequeño. En palabras de Marx, se produce una concentración y una centralización de la riqueza. Es decir, el aumento de la plusvalía es una necesidad del capitalismo. Esta nueva plusvalía a su vez genera plusvalías si no se dedica al consumo del capitalista sino que se reinvierte. Si suponemos que nuestro capitalista invierte un 50% de la plusvalía es obvio que cada vez dispondrá de más capital. Si por 1000 de capital obtenia 500 de plusvalía, por 1250 de capital, obtendrá 850 de plusvalía (recordemos que el salario presenta una componente fija), por tanto de 1425 de capital obtendrá 1100 euros de plusvalía, y podríamos seguir continuamente: el capital crea plusvalía, pero la plusvalía también crea capital.

A más capital, o a más plusvalía, más capital se podrá obtener, y por tanto más plusvalía. Sólo de este modo nuestro capitalista podrá sobrevivir en la constante pugna por el control de las plusvalías ajenas, que son, a su vez, capital.

Esta acumulación presenta en sí misma una componente intrínsecamente inestable. Como hemos señalado, la acumulación es capital. Capital (o dinero en nuestra nomenclatura anterior D) que se utiliza para comprar fuerza de trabajo y maquinaria. En terminología de Marx, capital variable (el trabajo, que es variable porque es capaz de aportar más valor del que consume) y capital constante (la maquinaria). A su vez, el capital se podrá acumular sí y sólo sí consigue tasas crecientes de plusvalía. A esa relación entre capital invertido y plusvalía Marx la denominó tasa de ganancia.

La tasa de ganancia nos pone en común “beneficios” con inversión, cuya relación es inversamente proporcional. Y es necesario en el capitalismo que esa tasa de ganancia cada vez sea mayor porque de lo contrario significará que dedicamos cada vez más parte de la plusvalía a reponer D en lugar de a engrosar D’ (recordemos que el ciclo del capitalista es D-M-D’). Pondremos un ejemplo para facilitar la digestión de este concepto.

Si un capitalista dispone de 100 euros (D) que invierte en 50 para máquinas y 50 para trabajo (M), obtendrá finalmente 125 euros (D’). Su plusvalía es de 25 y su tasa de ganancia es de 0,25 (25/100). Una vez recogidos los frutos de su trabajo (y del ajeno) dispone de 125 euros que invierte en 75 para máquinas y 50 para trabajo, obteniendo 40 de plusvalía. Ahora su tasa de ganancia es de 0,32 (40/125). El capitalismo funciona: estamos haciendo dinero por encima de lo que invertimos. Más capital me supone más plusvalía.

Sin embargo, llega un punto en el que por muchas máquinas que metamos, el mercado se satura. Siguiendo con el ejemplo, 165 euros (125+40) invertidos en 100 para máquinas y 65 para trabajo rentan 50 de plusvalía. Su tasa de ganancia, que antes se situaba en 0,32 se acaba de colocar en 0,30. La tasa de ganancia ha decaído. Más inversión conducirá a nuestro capitalista ¡a menos beneficio! ¿Quién en estas condiciones iba a seguir invirtiendo? Cierren las fábricas y despidan a los trabajadores -o bájenles el salario-.

Si los capitalistas comienzan a vender maquinaria y a despedir a trabajadores… ¿no les parece que estamos en una crisis? La tasa de ganancia, verdadera guía de los procesos de acumulación capitalista, nos acaba de demostrar su lado más cruel. En este momento es cuando el pez grande se come al pequeño. Los capitalistas menos rentables venderán y otros capitalistas más fuertes comprarán y poco a poco el capital se irá centralizando y concentrando. Tras un periodo de caos, donde miles de trabajadores han perdido su puesto de trabajo, el capitalismo resucita de nuevo. En realidad, un nuevo capitalismo ha surgido. Un capitalismo con menos capitalistas y, necesariamente, con nuevos nichos de mercado donde recomponer su tasa de ganancia (¿les suena la centralización -la reestructuración de las cientos de cajas en apenas unos cuantos bancos hoy día- y la apertura de nuevos mercados -la venta de empresas públicas o la privatización de servicios como la sanidad-?). Que este proceso ocurra una y otra vez dependerá no sólo de las capacidades de las fuerzas productivas -del surgimiento de nuevos nichos de mercado- sino también de la capacidad de los movimientos políticos para, aprovechando una crisis, desbancar a un sistema destinado al fracaso.

Lo más interesante del análisis marxista, a mi parecer -y dejando al margen las variables sociológicas, históricas y políticas-, es que muestra cómo es el capitalismo sin muchas algarabías. Podríamos hacer un símil como si Marx -y otros- trabajasen de relojeros y nos mostrasen paso a paso cómo los mecanismos de un determinado reloj están diseñados para que, por sí solo, se averíe. Si esa es la sensación que tienen tras haber leído estos breves artículos me daré por satisfecho.

Como conclusión, podríamos decir que las crisis son, como hemos demostrado, una realidad inherente al capitalismo. No puede haber capitalismo sin crisis porque, por su naturaleza, está abocado a ellas. La ruptura con este sistema dependerá, por tanto, no sólo de sus propias debilidades sino de cómo las clases populares se organizan para, en esa debilidad, destruirlo para siempre.

El trabajo en Karl Marx. (I) Metodología y valor
El trabajo en Karl Marx. (II) Mercancías e intercambio
El trabajo en Karl Marx. (III) Trabajo y plusvalía

Alejandro Quesada Solana Economía, Política , , , , , ,

El trabajo en Karl Marx. (III) Trabajo y plusvalía

Domingo, 4 de agosto de 2013

Si en la entrada anterior de esta saga comentábamos cómo el capitalista se encuentra con un problema fundamental, el de convertir D en D’, en ésta entrada vamos a intentar resolver dicho problema (o aproximarnos a su resolución).

De acuerdo con lo que decíamos, el trabajo es una mercancía de la cuál están compuestas el resto de mercancías. Una medida común para todas las mercancías puede ser, por tanto, la cantidad de trabajo aportado a la fabricación de dichas mercancías a través de la expresión “horas trabajadas”. Así, la fabricación de una mesa requerirá para el trabajador medio 30 horas de trabajo, y la fabricación de un armario requerirá para el trabajador medio 60 horas de trabajo, pudiendose intercambiar dos mesas por un armario. De este modo, al igual que en la entrada anterior introdujimos la figura de la moneda, en esta usaremos un denominador común que es las horas trabajadas.

Como se ve, usamos horas de trabajo de un trabajador medio con una cualificación media por una cuestión de simplicidad analítica. Un trabajador más vago o menos cualificado requerirá de más horas de trabajo que uno más activo o más cualificado, pero en esencia, el resultado no varía.

El trabajo, además, posee una característica fascinante que ya anunciamos en la anterior entrada: no se gasta. O mejor dicho, es capaz de ser repuesta. Si a una maquina le incorporamos un tornillo, ese tornillo muy difícilmente podremos volverlo a usar. Sin embargo, para el trabajo, este impedimento no existe. Un trabajador puede gastar toda su energía (su trabajo) y, una vez descansado, volver a usarla. Esto equivale, en el caso del tornillo, a comprar otro.

Si nos fijamos, no hay gran diferencia entre comprar un nuevo tornillo y reponer las fuerzas de un trabajador pues sería, en realidad, como comprar la fuerza de trabajo de un trabajador y al día siguiente la de otro. Las horas de trabajo necesarias para la fabricación de un tornillo difieren de las horas de trabajo necesarias para la reposición de la fuerza de trabajo, pero ambas son perfectamente medibles en nuestra cantidad común: horas de trabajo. Sin embargo la diferencia entre una mercancía (el tornillo) y la otra (la fuerza de trabajo) estriba en la naturaleza del intercambio.

Como demostramos en la entrada anterior, en el intercambio surgido en el ciclo D-M-D (el camino que toma el capitalista) no se produce aumento de valor y es perfectamente asumible que se compra de forma “justa”. El tornillo pertenece, por tanto, a dos ciclos D-M-D; un capitalista posee M que vende a cambio de D a otro para que este posea M, es, en esencia una superposición de los dos ciclos D-M-D con la consiguiente forma de D-M-D*-M donde en D* se produce el intercambio de dinero a cambio de mercancía.

Sin embargo, para la compra de trabajo, este ciclo ya no nos es válido. Recordemos que la diferencia fundamental entre el capitalista y el trabajador es que éste tiene que vender su fuerza de trabajo porque carece de dinero (aunque podría perfectamente subsistir sin necesidad de ese dinero). Así, los ciclos son diferentes. M-D-M frente a D-M-D’. Es decir, el trabajador tiene un precio, aquél que le permita estar apto para volver a trabajar el próximo día, independientemente de las horas de trabajo que pueda aportar a la nueva fabricación de, por ejemplo, tornillos.

Aquí reside la “magia” de la fuerza de trabajo frente al resto de mercancías. Su capacidad de producir es superior a sus necesidades de sustento.

De este modo, si la resolución del problema a la creación del “extra” D’ – D no lo podíamos encontrar en el ámbito de la circulación (el simple intercambio), deberíamos probar entonces con la esfera de la producción. ¿Qué pasa en las fábricas?

Una vez son claros los supuestos, el proceso deductivo se pone en marcha. Cuando nuestro capitalista compra fuerza de trabajo de un trabajador (su capacidad de producir) lo hace por un tiempo determinado. Así, generalmente, se contrata a un trabajador por ocho horas al día. Y su salario se corresponde con aquel salario suficiente para su sustento. La ley de hierro de los salarios está más viva hoy que nunca.

De este modo, observamos cómo en la fábrica se produce un hecho bastante singular. Hay un tipo de mercancía cuya compra se paga a una cantidad y, sin embargo, en el proceso productivo es capaz de generar en 8 horas mercancías con valores muy superiores. Esa mercancía tan especial es, por supuesto, el trabajo.

Por poner un ejemplo, supongamos que el tiempo de trabajo socialmente necesario (el tiempo mínimo que requiere la producción de determinada mercancía) para la fabricación de 100 sillas es 2 horas. Un obrero es capaz de producir en 2 horas 100 sillas. Estas 100 sillas portan un valor neto (descontado el precio de la madera y demás otras mercancías necesarias para su fabricación, excepto el trabajo) de 300 euros. En la jornada normal, nuestro trabajador habrá producido 400 sillas con un valor de 1200 euros. Sin embargo, dado que el trabajador cobra su salario antes de la fabricación de las sillas y, además, éste se ajusta a su salario suficiente para el sustento percibirá 1000 euros. Como se puede ver, de la nada se han “creado” 200 euros que no tienen dueño. O bueno, sí que lo tendrán: el capitalista que acaba de ver cómo su fórmula D-M-D’ acaba de tomar sentido.

A esos 200 euros Marx denominó plusvalía. Si el trabajador se encontrase en su propio taller estaríamos en una situación como la descrita en la anterior entrada, de puro intercambio. Sin embargo, al no poseer los medios de producción “regala” al capitalista 200 euros. Mucho más le convendría al trabajador coger las sillas y venderlas, pues obtendría su verdadero trabajo aportado -1200-.

Se puede comprobar fácilmente que el valor puesto en marcha es diferente antes de la fabricación y después. Antes de la fabricación el valor total en circulación era de 2000 euros (el valor de la reposición de la energía a gastar -1000- más el dinero que posee el capitalista -1000-). Sin embargo, una vez la fabricación tiene lugar el capitalista posee mercancía (sillas) por valor de 1200 y el trabajador posee 1000 que intercambiará por bienes para reproducir su energía gastada. Es decir, el valor total en circulación es ahora de 2200. De súbito, se ha creado valor; y el culpable de dicha creación es el trabajo.

Ésta, y no otra, es la explicación de porqué existe la plusvalía: el capitalista, en tanto que propietario de los medios de producción, arrebata al trabajador el legítimo fruto de su trabajo. Es este el motivo de que el capitalista pueda ver incrementado su dinero “anticipado”.

Como señalaba Marx, en la Edad Media el siervo de la gleba sabía perfectamente cuál iba a ser la plusvalía (el diezmo). Sin embargo, bajo el capitalismo esa figura se desdibuja y, una vez más, se perpetúa la dominación de aquellos que poseen los medios de producción sobre los que no los tienen.

El trabajo en Karl Marx. (I) Metodología y valor
El trabajo en Karl Marx. (II) Mercancías e intercambio

El trabajo en Karl Marx. (IV) Acumulación y crisis

Alejandro Quesada Solana Economía, Política , , , , ,

El trabajo en Karl Marx. (II) Mercancías e intercambio

Viernes, 2 de agosto de 2013

En el primer artículo de esta pequeña introducción a la economía marxista analizábamos por un lado los fundamentos metodológicos de Marx y, posteriormente, algunas características básicas de las mercancías de acuerdo con el esquema de Marx.

Así, decíamos que “[...] esto nos lleva, como mínimo, a dos suposiciones. La primera es que toda mercancía posee un valor de cambio susceptible de ser comparado con el de otra; y, por otro lado, que toda mercancía tiene la capacidad de ser útil en algún sentido. Estas dos apreciaciones tendrán importancia en los sucesivos artículos que publicaré acerca de la teoría del trabajo marxista.”

De este modo, si las mercancías son útiles y además comparables, la existencia de un mercado es casi una imposición lógica. Hay gente que posee unas mercancías y que quiere otras. El exceso de unas para un individuo, al ser comparables con otras, permite que se intercambien por otras escasas para nuestro individuo. Poniendo un simple ejemplo: dos manzanas serán intercambiables por un limón; así, quien posea más manzanas de las que necesita, podrá cambiarlas con alguien que posea limones que no necesita a razón de 2 manzanas por un limón.

Nótese que cualquier mercancía está compuesta de trabajo. Así, un limón será igual a la cantidad de trabajo necesaria para recogerlo. E incluso actividades más sofisticadas como las máquinas son convertibles a trabajo, al ser la maquinaria fruto de trabajo (de un ingeniero, un mecánico, etc.). De este modo, existe una mercancía particular, el trabajo, que es a su vez mercancía (en puridad, la fuerza de trabajo) y composición del resto de mercancías.

Lógicamente este intercambio que describíamos más arriba es laborioso. Poner en común a alguien que quiera limones y no manzanas con alguien que quiera justo lo contrario puede ser agotador. Así, y aplicando un principio lógico elemental (de Euclídes), cosas iguales a una misma cosa son iguales entre sí, por lo que nada nos impide inventar un denominador común: la moneda. Un limón es igual a un euro y dos manzanas igual a un euro. Cosas iguales a una misma cosa son iguales entre sí. De golpe hemos simplificado la ardua labor del trueque por medio de la moneda.

Este modelo, a simple vista, parece un modelo aséptico. Limpio de toda sospecha de dominación o explotación. Y ciertamente, así es*. Si un individuo posee manzanas y las quiere vender por limones, nada nos hace sospechar que el vendedor de limones sea obligado a hacer algo que no quiere, porque incluso podría no vender los limones y comérselos.

Sin embargo, en cuanto abandonamos el supuesto de que todo el mundo tiene un huertecito que plantar, el problema se agrava. El trueque ya no es un modelo válido porque nos encontramos con gente que tiene limones y con gente que, desafortunadamente, no los tiene. Y, además, no tiene nada más que su fuerza de trabajo -es decir, su capacidad de trabajar-. De este modo, hay quien posee el dinero (los limones) -y más adelante diremos porqué- y hay quien posee el trabajo. Así pues, el trueque da paso a dos nuevos modelos de intercambio.

Por un lado, el modelo de comprar para vender (propio de los que poseen más dinero que trabajo), cuya formulación básica es: aporto Dinero para comprar Trabajo que genera mercancías para vender a cambio de Dinero; y, por otro lado, el modelo de vender para comprar: aporto Trabajo para conseguir un Dinero que me permita comprar Trabajo (esta vez en la forma de mercancía).

La naturaleza del intercambio, como se aprecia, es claramente desigual. Dos individuos libres (manzanas y limones) han pasado a ser dos individuos en relación de desigualdad (dinero frente a no-dinero o trabajo).

A nadie puede escapársele el hecho de que el dinero, una vez usado, se consume, se gasta. Por contra, la fuerza de trabajo, una vez usada, se repone mediante el consumo de mercancías -alimento y salud-. De este modo, si aplicamos dinámica a los modelos de intercambio antes descritos, el modelo de vender para comprar no presenta problema alguno: Mercancía-Dinero-Mercancía cierra un circulo lógico, vendo trabajo para comprar mercancías que consumo para poder permitirme seguir vendiendo trabajo y así volver a reproducir el ciclo.

Sin embargo, el modelo de comprar para vender es intrínsecamente inestable. Nadie puede eternamente poner un Dinero X para recibir la misma cantidad porque entre tanto ¡tiene que comer! Así pues, el modelo necesariamente pasa a convertirse en D-M-D’ donde D’ es una cantidad mayor a D, es decir, el dinero adelantado “D” más el beneficio..

De este modo, vemos cómo el individuo con Dinero (que llamaremos capitalista) necesita al trabajador para poder fabricar nuevas mercancías que le aporten dinero y, además, un extra, D’-D, que aún no hemos determinado cómo consigue.

La mayoría de la gente recurriría al intercambio como fuente de esa diferencia entre D’ y D. Dirá que es allí, en el intercambio de mercancías donde, vendiendo más cara la mercancía final, el capitalista obtiene ese extra. Es decir, la pelea entre capitalistas genera el extra. Este argumento, a la luz de la teoría del valor-trabajo, es inconsistente.

Si un capitalista compra materiales por valor de 100 y los vende a 120, su beneficio es de 20. Es decir, por ejemplo, compra trigo de forma justa por 100 y vende pan de forma justa por 120. Un cambio en la forma no puede llevar adosado un incremento en el precio de la misma forma que cambiar un billete de 100 por billetes de 20 no puede suponer nunca que en lugar de cinco billetes de 20 nos den 6 (ó 4). Por tanto, en la simple circulación de materiales no puede residir el aumento de precio.

Supongamos, por contra, que las compras ya no se efectúan de forma justa. Ahora, nuestro capitalista comprará trigo por valor de 100 y lo venderá por valor de 120 (siendo su justo valor, 100). Es muy probable que, ante esta situación, el conjunto de los capitalistas alcen los precios. Es decir, si uno vende por 120, ¿por qué el resto no? Por lo que el precio, en cualquier caso, se convertirá en 120 ganando por un lado lo que perderá por otro al realizar nuevas compras. El mismo efecto aparece si se reducen los precios.

Incluso podríamos ir más lejos suponiendo que un capitalista fuese más listo que otros. Por ejemplo, el caso en el que Juan, David y Ricardo vendiesen mercancías equivalentes entre sí a precios diferentes. Juan vende aceite por valor de 200 a David a un precio de 300 y además compra a Ricardo, por 100, un saco de patatas cuyo valor real es 200. Es decir, Juan ha vendido más caro y ha comprado más barato, con un beneficio de 200. Sin embargo esto no altera en absoluto el valor de cambio existente. Si antes había 300 en dinero (David), 200 en patatas (Ricardo) y 200 en aceite (Juan), ahora ha habido un cambio de distribución, pero exclusivamente eso pues hay 200 en aceite (David), 100 en dinero (Ricardo) y 200 en dinero y 200 en patatas (Juan). El valor en circulación es exactamente el mismo: 700.

Así pues, como vemos, la simple circulación de mercancías no provoca en absoluto el aumento de Dinero que el capitalista (o los capitalistas) necesitan para que su ciclo D-M-D’ les permita subsistir.

Esta consecuencia es interesante pues desde aquí parte el análisis del trabajo por parte de Marx y que nosotros profundizaremos en las próximas entregas: Si el intercambio, como ciclo, no provoca una creación de plusvalía -pues ya hemos demostrado que el valor se mantiene constante-, ¿Cómo es posible que el ciclo D-M-D’ tenga permanencia en el tiempo? O dicho de otro modo, ¿de dónde sacan los capitalistas su “beneficio”?

*Los posibles efectos que tiene el atesoramiento del dinero y que Marx analizó son despreciados en este análisis. Partimos pues, para simplificar, de la idea de neutralidad del dinero y por tanto del uso de este exclusivamente como medio de cambio.

 

El trabajo en Karl Marx. (I) Metodología y valor
El trabajo en Karl Marx. (III) Trabajo y plusvalía

El trabajo en Karl Marx. (IV) Acumulación y crisis

 

Alejandro Quesada Solana Economía , , ,

Cambiar la UE no es tan sencillo

Miércoles, 10 de julio de 2013

Hace unas semanas, Izquierda Unida celebró una conferencia para tratar el tema de la Unión Europea, a esbozo de programa político para las próximas elecciones. Dada la posición de IU como movimiento político y social de cambio de mayor presencia en el conjunto del Estado, conviene detenerse en qué propuesta política concreta se nos ofrece.

De entre los muchos temas que se debatieron, el más importante fue sin duda la idoneidad de permanecer o no en ese entramado político económico que denominamos la Unión Europea. Las posturas fueron variadas y aquí haremos mención a dos: La oficialista, partidaria de permanecer y cambiar la UE para dotarla de contenido social; y la crítica, partidaria de un abandono -variopinto según quién la defienda- de la UE y especialmente del euro como moneda.

Los pros y contras de escapar del euro se han discutido ampliamente, y recomiendo -por afinidad y claridad expositiva- este articulito de Juan Barredo y Ricardo Molero. Sin embargo escapa de la profundidad de este artículo el detenernos en ese asunto.
La intención de este comentario es ver qué sentido práctico tiene la opción oficialista que se plantea IU. Es decir, y de una forma más amplia, cómo de fácil o de difícil es lograr una Europa (UE) más social.

Lo principal para cambiar políticamente -y en el sentido al que IU se refiere- a la UE es cambiar sus instituciones. El camino propuesto es similar al tardofranquista en el sentido de Torcuato Fernandez Miranda: de ley a ley a través de la ley. Así pues, veamos cómo funcionan y qué competencias tiene cada organismo de la UE. Es decir, veamos cómo se pueden modificar esas leyes que modifican a su vez otras.

La UE, en lo político, se compone de 4 estamentos. De un lado el Parlamento Europeo -único órgano votado directamente y cuya representación es quasiproporcional-; por otro están la Comisión Europea, el Consejo de Ministros y el Consejo Europeo.
La composición es como sigue: el Parlamento Europeo está compuesto, como decíamos, por diputados electos a través de elecciones en cada país -lo que elegimos en las elecciones europeas es esto-; la Comisión está compuesta por 27 miembros, electos por el Presidente de la Comisión -uno de cada país miembro-. El Consejo de Ministros lo componen el conjunto de ministros nacionales de cada país de la UE, uniéndose según el ramo (defensa, agricultura, etc.). Y por último el Consejo Europeo que lo componen los jefes de Estado y de gobierno de la Unión.

¿Qué hace cada quién?

Las atribuciones legislativas son compartidas por el Parlamento y el Consejo de Ministros -llevando este último casi todo el peso-. Del lado ejecutivo está la Comisión y, por encima de todos, el Consejo Europeo que, si bien no tiene un papel definido y decisorio, es el que lo envuelve todo debido a que es el encargado de lanzar las “directrices a seguir” en franca colaboración con la Comisión Europea.

Es decir, existe, por orden de relevancia en la actuación, una jerarquía donde la Comisión Europea encabeza la pirámide, seguida por el Consejo de Ministros y residualmente el Parlamento Europeo, toda vez que el Consejo Europeo se coloca en una posición totalizadora y fuera de ese sistema. El Consejo Europeo “lo impregna” todo.

Tanto es así, que el presidente de la Comisión Europea es elegido por el Parlamento Europeo, pero, eso sí, a propuesta del Consejo Europeo. Por tanto, en la práctica, el rol que asume el Parlamento Europeo es el de una cámara de reflexión más que de decisión. Su papel es el de dar el visto bueno a lo que otros proponen -y no en todas las decisiones, ni mucho menos-.

Así pues, existen tres estructuras de elección: directas (el Parlamento Europeo); indirectas (Consejo Europeo y Consejo de Ministros) y derivadas (Comisión Europea).

Dado que es la Comisión Europea la encargada, junto con el Consejo de Ministros, de proponer los cambios de calado -nuevos tratados- es necesario, para “controlarla” controlar el órgano del cuál se deriva su elección, esto es, el Consejo Europeo en la propuesta y el Parlamento Europeo en la ratificación.

Es decir, si, y sólo si, sería posible un cambio social -profundo, entendemos- en la UE, si y sólo si, las fuerzas transformadoras ganasen no sólo las elecciones europeas sino también las elecciones nacionales, dado que sin jefes de Estado y de Gobierno -y ministros- es imposible controlar el Consejo de Ministros y el Consejo Europeo.

Un ejercicio simulado

Bien, hagamos un primer esbozo de cómo está la situación en la Europa de hoy. El Parlamento Europeo, por ejemplo, está compuesto aproximadamente por un 10% de fuerzas de cambio social (sólo un 10%; incluyendo a toda la izquierda y a algunos verdes). Por otro lado, el número de Estados controlados por estas fuerzas es, de veintisiete, cero.

Por tanto, la doble condición necesaria no se cumple. Pero somos conscientes del cambio que se está dando en la UE, donde los partidos de izquierda -al menos en la periferia- están creciendo fuertemente.

Hagamos una proyección. Supongamos que el número de fuerzas de cambio social da un golpe importante -y excluyamos de ahí el hecho de que muchos de ellos, por ejemplo la izquierda alemana, no ve lo “social” como la izquierda española, por ejemplo-.
Supongamos que la izquierda social alcanza el 25%. Más del doble. Es posible. Suponer más, en el conjunto de la Unión, me parece una temeridad. Es más, supongamos incluso que ese 25% fuese suficiente, a través de pactos con los sectores socialdemócratas del Grupo Socialista, para controlar el Parlamento Europeo.

La primera condición necesaria se cumple: se controla el Parlamento. No obstante, esta condición, como decíamos, es necesaria pero no suficiente.

¿Qué hay entonces de la otra condición? Pues la realidad es que, salvo en los países periféricos de la Unión, las posibilidades de que una fuerza social alcance el poder ejecutivo -controlando así el Consejo de Ministros y el Consejo Europeo- son nulas o escasas. Ningún país del Centro europeo tiene intenciones de voto a fuerzas de izquierda similares a las de la periferia. Por no hablar de los países de nuevo ingreso, procedentes de la extinta Unión Soviética y países satélites.

En otras palabras, en el terreno más favorable, sería imposible controlar los órganos que promueven y proponen las medidas legislativas como directivas o reglamentos -por no hablar de cambios en tratados-.

Así pues, para nosotros, la conclusión es clara: la Unión Europea es inmutable hacia un punto de vista social. Cualquier esfuerzo destinado a cambiar la UE desde dentro en el corto-medio plazo es vacuo y fútil.

Un salida de la Unión Europea neoliberal que pase por aceptar las reglas de juego de la Unión carece de sentido. Por tanto, en la confluencia de fuerzas con organizaciones y países de similares características es donde, a nuestro juicio, se puede comenzar a construir una posible alternativa a la Unión Europea, pero siempre y en todo caso, al margen y fuera de ésta.

Alejandro Quesada Solana Política , ,

FEDEA, la Economics y la incapacidad del economista para hacer recetas políticas

Jueves, 16 de mayo de 2013

¿Se han pasado alguna vez por el blog “Nada es Gratis”? Es un blog colaborativo formado por miembros de FEDEA que, para quien no los conozca, son un grupo muy majete de economistas que se dedica, entre otras cosas, a hacer el ridículo de forma sistemática. En concreto pertenecen a la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA).

Hacen el ridículo principalmente por un motivo clave: son economistas de pura cepa. De los de la Economics.

Verán, hace unos cuantos años -ya debe ir para más de 100 incluso-, un ilustre señor, Alfred Marshall escribió un libro titulado Principles of Economics. En ese libro Marshall distinguió perfectamente la labor del estudioso de la Political Economy y del estudioso de la Economics. Este último se centra en la forma en la que se produce, se consume y, tangencialmente, se distribuye. Aquel, el estudioso de la Political Economy, debía tener en cuenta las instituciones, la ley, la historia… era, para que nos entendamos, una ciencia social.

No obstante, desde principio de siglo, la corriente mayoritaria ha venido empujando a través de la Economics. Por eso, hablar hoy de un economista de pura cepa, deviene inmediatamente a hablar de un estudiante de Economics, es decir, de un ser que rechaza o desconoce por entero, historia, instituciones, sociedad y ley. Sólo existen hombres y mujeres puramente racionales, ahistóricos, dispersos por el mundo con una serie de preferencias determinadas y, además, libres. Esos son nuestros amigos de FEDEA. Que, por cierto, tienen un gusto por el sentido común de lo más particular.

Y es que ahora que se habla del contrato único he tenido la oportunidad de echarle un ojo a su maravilloso articulito de 2010 (1) donde proponían el dichoso recurso. No tiene desperdicio.

El problema que detectan es una alta temporalidad. Hasta ahí, bien. Y ¿cómo creen que sería posible reducir la temporalidad? Qué se yo… ¿aumentando derechos de los temporales para que, así, quien contrate temporales sea porque necesita temporales y no porque son más baratos? Pues NO! Nuestros amigos de FEDEA dicen, aplicando su gran sentido común, si hay muchos temporales quizá lo que hay que hacer es decir que no son temporales -contrato único- y que los indefinidos pierdan derechos para que la desaparición de los temporales no sea mala para los empresarios. Así, todos serán indefinidos pero con condiciones de temporales -contrato único, insisto-.

Y el sistema es sencillo. Ahora todos somos indefinidos pero, si antes ser indefinido era 33 días de indemnización por despido improcedente ahora va a ser 12 días e irá creciendo de forma que sólo cuando lleves 12 años en la empresa tendrás derecho a 36 días por despido improcedente. ¿A que mola? Acabamos de, con un sencillo movimiento de manos a lo trilero, cepillarnos aún más la estabilidad laboral. Su denominación comercial es “Contrato único 12-36”.

Y lo mejor de todo es que el contrato ideal funcionaría sí, y sólo sí, hay perfecta movilidad de trabajadores y, además, el trato con el empresario es de igual a igual. Supuestos nada restrictivos dado que ¿quién tiene problemas (familia, una hipoteca…) para irse a trabajar a la otra punta del país o quién ha tenido alguna vez un conflicto laboral con su empresario? Bobadas, con el Contrato único 12-36 todos tus problemas como trabajador estarán resueltos porque FEDEA lo vale.

Y ¿por qué lo valen tanto? Pues porque son superiores a ti y a mí, ¡ellos son economistas de la Economics! Tienen la poca vergüenza de decir “En realidad no sabemos cómo serían las tasas de despido con el contrato único (solo un modelo económico riguroso nos lo podría decir)” y quedarse tan anchos. Ningún maldito modelo económico puede predecir nada ante un cambio institucional de tal calado como es un cambio de arriba a abajo de las condiciones de contratación. Pero no importa, porque soy de la Economics y creo en la econometría como ciencia superior, por encima incluso de la maldita realidad que tanto daño hace (decía Pigou, un economista de pura cepa de inicios de siglo pasado que “había que lograr que la realidad funcionase como sus modelos” ¡para qué ceñirse a la realidad cuando es mucho mejor que ella se ciña a lo que se te ponga a ti en tus santos coeficientes!).

Tal es mi creencia en la econometría y en todos los saberes proverbiales de la Economics que me permito el lujo de ser Doctor en Economía -y antiguo director del departamento de economía del Presidente Zapatero- y no tener ni puta idea de cuántas veces se ha modificado la Constitución de mi país. ¿Por qué? Porque insisto, me la sopla todo el marco institucional que no se adapte a lo que dice mi modelo de competencia perfecta.

En sus palabras, las de José Ignacio Conde Ruiz, “La Constitución se ha cambiado muchas veces, así que, llegado el caso, que se cambie” (2). Muchas veces son… ¿dos? Y una no cuenta porque el cambio era tan mínimo y tan puramente instrumental que no se puede llamar un “cambio”.

En fin, queridos amigos y amigas lectoras, cuando un economista les hable no duden, desenfunden rápido y pregunten: es usted de la Political Economy o de la Economics. Si no saben responder, serán de la Economics. Y si es así, teman, porque no sólo no tendrá ni pajolera idea de lo que les habla sino que, además, intentará convencerles muy numérica y eficientemente. Huyan.

 

(1) Propuesta para la reactivación laboral en España. FEDEA. 2010

(2) Fedea propone adaptar la Constitución si el contrato único no tiene encaje. ElEconomista.es http://www.eleconomista.es/economia/noticias/4823701/05/13/Economia-Laboral-Fedea-propone-adaptar-la-Constitucion-si-el-contrato-unico-no-tiene-encaje.html

 

Alejandro Quesada Solana Economía, Ideología, Política ,

El sistema financiero en el sistema capitalista

Miércoles, 24 de abril de 2013

El sistema financiero está de moda. Lleva de moda más de 5 años y parece que la cosa no va a parar. A mí, cuando hablo de economía me gusta situar al lector. Y me gusta situarlo por una simple razón: el contexto importa. En toda situación, historia y sociedad impregnan sus actuaciones. No se puede entender, por ejemplo, el respaldo popular alemán a la actuación de Merkel para con el resto de Europa sin entender el miedo alemán al fenómeno de la inflación. Pues bien, para el objeto que nos ocupa, el sistema financiero, necesitaremos contextualizarlo.

El sistema financiero es, de forma sencilla, ese mecanismo que permite que la economía anticipe cobros y, por tanto, funcione. Esa es la definición típica de cualquier manual estándar. La analogía más común es la sangre o la gasolina. Para que un cuerpo humano funcione se necesita sangre bullendo, del mismo modo que necesita gasolina un coche; y así, el sistema capitalista necesita de un sistema financiero que lubrique las compras y ventas.

Como decía, esa es la definición estándar. El dinero es neutral. Su papel es el de simple facilitador de las transacciones, sin más. Es decir, el sistema financiero es inherente al sistema capitalista y un fallo en cualquiera de ambos aspectos, el de la producción o en el de las finanzas hace que todo caiga.

¿Por qué? Si una economía se colapsa es difícil que obtenga financiación ahondando aún más en su crisis -asumiendo que una inyección de liquidez aliviaría su crisis-. Además, si el colapso es generalizado, el sistema financiero sería incapaz de discernir entre financiación recuperable y no recuperable, optando por no dar crédito.

De otro lado, si es el sistema financiero el que colapsa, su traslado al productivo es más que evidente. Sin crédito -y no hablo de deuda estructural sino de una simple línea de crédito que permita atender pagos antes de recibir cobros-, no hay producción.

Así pues, para el desarrollo de una economía capitalista, la salud de su sistema financiero es vital. Si la gasolina no fluye, no hay coche que ande. Y el problema del beneficio está solventado. Las empresas productivas obtienen el suyo y las financieras también a través del diferencial entre depósito y préstamos.

Hasta ahora hemos asumido que, en ausencia de perturbaciones serias, el sistema financiero presta dinero y la economía produce y que ambos desean hacer eso. Hemos asumido, en otras palabras, que estamos en los felices años. Es más, en los felices años 50 y 60.

Digo esto porque desde los años 80 en adelante, el sistema financiero que “financia” no existe. O mejor dicho, existe a medias. Con la derogación de la Glass-Steagall Act, el sistema financiero tiene vía libre para buscar rentabilidades a través de las inversiones y no sólo a través del sobre precio del préstamo con el depósito. O, en otras palabras, el sistema financiero, ahora, no depende tanto de la marcha de la economía como de los beneficios que pueda obtener por su cuenta. Financiar ahora, no es una prioridad sino que se abren oportunidades mucho más jugosas a través de los mercados financieros -que ahora no necesariamente financian nada-. Como decía Krugman, antes ser banquero era muy aburrido.

Así pues, en la tarea fundamental capitalista de la captura del excedente, del beneficio, las entidades financieras juegan un papel nuevo. Pueden ser gasolina si quieren, pero no serlo también es una opción. Y muy rentable, mucho más, por cierto, que jugar con el diferencial depósito-préstamo.

El problema surge cuando las inversiones del sistema financiero acaban mal y esto repercute en el sistema productivo. Si el sistema financiero va bien y el productivo también, no hay por qué preocuparse pero, ¿y si para obtener rentabilidades cada vez más elevadas los bancos recurren a inversiones más arriesgadas? Pues puede surgir el crash y, se quiera o no se quiera, la economía productiva lo va a notar contrayendo la producción y generando desempleo. Es decir, tanto más alejado se encuentre el sistema financiero de su papel originario, más riesgo de crisis.

Por tanto, ¿hay que volver a la Glass-Steagall act? La pregunta, que viene al pelo, está errada. Quizá sea más sensato preguntarse, ¿por qué se olvidó la Glass-Steagall act y qué nos hace asegurarnos que si volvemos a ella no la abandonaremos de nuevo? Para la primera pregunta, no tengo respuesta (o no cabe en este post). Para la segunda sí. Se olvidó la GSA por una razón muy simple, el sistema capitalista necesitaba nuevos mercados de donde obtener rentabilidad, ganancia, beneficio, y, si se vuelve a ella, es muy probable que la situación de recomponer la tasa de ganancia se repita en el tiempo dada la voracidad innata del capitalismo para con ésta.

Casi se podría contestar a la primera pregunta, con un “es indiferente, mientras la rentabilidad económica sea el eje del sistema -como sucede con el capitalismo- es una cuestión de tiempo hacer frente a una crisis por la huida hacia inversiones más rentables”.

No obstante, esto último implicaría asumir dos cosas: 1. la neutralidad del dinero no existe y, 2. el sistema financiero no vive para el sistema productivo sino que, como este último, también lo hace para la ganancia. Mientras ninguna de estas dos premisas se acepten, discutir sobre una reforma del sistema financiero es estéril.

Y así nos va, viviendo en la esterilidad.

 

NOTA: La Glass-Steagall Act (GSA) era una norma de EEUU que impedía que los bancos comerciales operasen al nivel de los bancos de inversión, separando los riesgos de éstos últimos de la transmisión a la economía productiva de aquellos.

Alejandro Quesada Solana Economía ,

El trabajo en Karl Marx. (I) Metodología y valor

Miércoles, 6 de marzo de 2013

Karl Marx fue un brillante teórico. En lo político, en lo social y, también, en lo económico. Es, sin duda alguna, mi referente más directo en cuanto al núcleo del pensamiento económico. Y digo al núcleo porque ante todo Karl Marx se dedicó a teorizar sobre categorías. Categorías adaptables, mejorables y profundizables. También se dedicó a teorizar sobre su realidad más inmediata pero eso, en la mayoría de los casos, no nos interesa.

No nos interesa por un simple razón, usar los mismos análisis de Karl Marx para “recolocarlos” en el mundo del Siglo XXI es asumir, de forma radical, que el mundo de hoy es idéntico al Manchester de final de siglo XIX. Y eso es profundamente antimarxista.

Ahí es donde se encuentra el eje sobre el que pivota el pensamiento marxista. El mundo es cambiante, los análisis sobre éste también deben serlo. La metodología de Marx, el materialismo histórico y dialéctico, obliga a estudiar la realidad como un conjunto, como un todo en el cual la historia, las instituciones o la cultura son determinantes en la explicación de una realidad. Dichas instituciones, o la cultura -la denominada superestructura- está, a su vez, determinada por la base económica. Y no debemos entender la estructura económica como una simplicidad economicista. No se habla en la estructura económica de qué se produce, cómo se produce y cómo se distribuye, sino también se incluyen aquí el cómo las fuerzas que participan en la producción se relacionan y cómo, de esta relación, surge la cultura o las instituciones.

Por poner un ejemplo. Existen, según el pensamiento marxista, los sindicatos (superestructura/institución) porque de un lado, la opresión del capital sobre el trabajo es creciente y desequilibrada y, de otro lado, los trabajadores se dotan de esas estructuras para combatir la opresión. En ese ejemplo quedan expuestas las bases del pensamiento marxista. Existe un determinado modo de producción (un efecto histórico) que empuja a los empresarios a obtener más beneficios a costa del trabajador (un determinado modo de producción con sus relaciones internas, la estructura económica) y que obliga a los trabajadores a organizarse (respuesta dialéctica) y que se refleja en una nueva institución, el sindicato. Así, la estructura determina a la superestructura.

Es cierto que esa última afirmación, que la estructura determina a la superestructura es muy discutida y controvertida. En nuestro caso la asumiremos como cierta pues, si bien es una explicación parcial a muchas cuestiones específicas, en un sentido global no pierde robustez alguna.

Una vez explicada sucintamente la parte metodológica, entremos en algunas aplicaciones. Hoy, y con vocación de seguir ampliando en sucesivos post las derivaciones que de aquí se obtienen, nos entraremos en el pilar de la concepción teórica de Marx, el valor. Marx y la teoría marxista sin la teoría del valor-trabajo carecen de todo sentido (Guerrero, 1996).

Cuando Marx, en su famoso El Capital, hace el análisis de cómo funciona la economía capitalista adopta un enfoque científico. Comienza analizando la parte más pequeña del intercambio capitalista, la mercancía, y a partir de esta, amplia sus conclusiones. De entre las cuestiones que la mercancía merecen ser destacadas aparece el valor. Y el valor tomado en un doble sentido: Valor de Uso y Valor de Cambio.

Para Marx, toda mercancía posee intrínsecamente un valor de uso y otro de cambio. Uno refleja una parte cualitativa de la mercancía (el valor de uso) y la otra su parte cuantitativa (el valor de cambio). Por poner un ejemplo, un coche tiene un valor de uso, el de servir como medio de transporte; y un valor de cambio que, por simplificar, lo identificaremos con el precio, 15.000 euros.

El valor de cambio representa la proporción en la que un bien puede ser intercambiado por otro. Por ejemplo, un coche por mil camisas. Mientras que el valor de uso representa su esencia, su función material e inintercambiable. No hay coche que vista ni mil camisas que nos trasladen de un lugar a otro. Su valor de uso es específico.

Aceptar esto nos lleva, como mínimo, a dos suposiciones. La primera es que toda mercancía posee un valor de cambio susceptible de ser comparado con el de otra; y, por otro lado, que toda mercancía tiene la capacidad de ser útil en algún sentido. Estas dos apreciaciones tendrán importancia en los sucesivos artículos que publicaré acerca de la teoría del trabajo marxista.

 

Notas:

Guerrero, D. (1996). Un Marx imposible: el marxismo sin la teoría laboral del valor

El trabajo en Karl Marx. (II) Mercancías e intercambio

El trabajo en Karl Marx. (III) Trabajo y plusvalía

El trabajo en Karl Marx. (IV) Acumulación y crisis

 

Alejandro Quesada Solana Economía, Ideología, Política , , , ,