Otra política económica de la recaudación. El Impuesto sobre el Consumo.

No estamos dispuestos aquí a contar el por qué de la subida del IVA. De hecho, la caverna mediática y otros sectores afines al socialismo tipo Almunia ya lo han hecho por nosotros. Que si España tiene uno de los tipos más bajos de Europa, que si el tipo reducido es un caso casi único en la UE, etc. Esos argumentos, que son rigurosamente ciertos, se pueden combinar con el de que el IVA es un impuesto con el que se recauda mucho. Ni un ápice de falsedad. Por tanto si el Estado necesita dinero -y no entraremos aquí en por qué necesita dinero, pues esto ya ha sido tratado aquí- ¿por qué no aceptar la subida del IVA? . A eso es a lo que voy a dedicar mis esfuerzos en esta entrada: a argumentar por qué recaudar más es posible sin tocar el IVA, o al menos tocando ciertas partes de el tributo. NOTA: ya indicamos someramente en otro post que desde el punto de vista macroeconómico era totalmente ineficiente subir el IVA.

En definitiva la intención del artículo es presentar una medida de política recaudatoria diferente, de corte postkeynesiana, sobre el consumo. A lo largo de este breve articulo tomaremos el papel del político que fija un objetivo, y del economista, que pone los medios para llegar a ese objetivo.*

En primer lugar justificar el por qué no se debe, bajo nuestro punto de vista, tocar el IVA. El argumento central es simple: el pago del IVA no le supone al rico en proporción el mismo esfuerzo que al pobre. Estamos ante un impuesto terriblemente regresivo. Si la crisis que no provocó la mayoría social va a tener que ser pagada por todos, qué menos que todos contribuyamos, al menos, con el mismo esfuerzo. Esta podría ser una razón de carácter político. La voluntad de nuestro político es distribuir la carga de la recaudación de una forma más progresiva.

Así pues, esta orden es llevada a los técnicos: un impuesto sobre el consumo que tienda a la progresividad, ya que el impuesto al consumo es de alta recaudación.

El problema, podemos intuir, es aséptico: hay que sacar dinero. El cómo es lo que define al político (y al economista).

Nuestra hipótesis de partida es simple: que quien más tenga, más contribuya (especialmente cuando el desmesurado poder de esos “que más tienen” ha sido el culpable de esta crisis). El problema entonces es identificar a quienes más tienen. Y no es una cuestión baladí. Desafortunadamente el poder económico ya nos es medible por la renta vía IRPF debido a la elusión fiscal y ni tampoco lo es el patrimonio pues este puede ser fruto de situaciones individuales pasadas mejores a la actuales, o puede ser enmascarado a través de sociedades u otros artificios legales. Lo que nos indica cuando una persona es rica o pobre realmente no es por tanto su renta o su patrimonio sino su gasto (y su ahorro, aunque no va a ser esa la cuestión en la que nos centremos en este caso).

De acuerdo con los postulados postkeynesianos el consumo es un campo finito. Es decir, existe un límite para todo el mundo. Nadie por tener más dinero compra más pan que otro, ni nadie por tener más dinero compra muchas más camisetas que otros. Supongamos que David, un hombre pobre compra 4 camisetas al año y Juan, un hombre diez veces más rico, 25 o 30, aun aceptando un disparatado número de compras, estas no van en proporción directa a su riqueza porque las necesidades sesacian. Es por esta razón que un impuesto sobre el IVA perjudica notablemente a las clases populares.

Pero es más, de acuerdo con la teoría postkeynesiana, los consumidores comen pan y no diamantes. Esto puede parecer una perogrullada pero tiene su importancia. Se establece así una división y jerarquización de las necesidades. El individuo medio se comprará un Ferrari, bienes de estatus, sí y solo sí, sus necesidades básicas están cubiertas.

Por tanto, uniendo ambos preceptos teóricos parece claro que el rico y el pobre no sólo no comprarán la misma cantidad de bienes -supuesto que comparte el IVA y que sirve de legitimante falso para decir que se contribuye indirectamente de forma proporcional- sino que tampoco comprarán el mismo tipo de bienes. Esto es rechazado por la ortodoxia neoclásica. O más que rechazado es no tenido en cuenta. Bajo el análisis neoclásico, un consumidor tiene un conjunto de preferencias no predeterminadas por las necesidades y, además, quiere cuanto más mejor -no saciabilidad de las preferencias-. Por tanto, según el análisis neoclásico, un rico puede estar obsesionado con el pan y comprar millones de barras si eso le hace feliz, igual que un pobre puede comprarse un Ferrari y no comer nada en años. Esta será la coartada que los economistas convencionales usarán para escabullirse entre sus insensateces teóricas.

Así pues, si aceptamos el supuesto postkeynesiano es posible identificar a aquellos que tienen más capacidad económica actual. Por tanto, una vez identificados es posible aplicar impuestos que graven actividades propias de aquellos individuos con mayor capacidad económica. Por ejemplo, gravando con un impuesto sobre el 100% la adquisición de vehículos de lujo, como Ferrari. Generalmente, aquellos que compran un vehiculo Ferrari tienen capacidad para comprar dos, por lo que el impuesto apenas perturbaría la compra-venta de vehículos de lujo. La misma actuación podría hacerse sobre la adquisición de yates o joyas de un determinado quilataje.

Estas medidas de política económica son simples de regular y efectivas en su recaudación. Sin embargo adolecen de dos graves problemas: requieren de un político que quiera distribuir progresivamente (que no de forma justa) la carga de la crisis y de un economista que haya estudiado algo más que teoría neoclásica. Desafortunadamente, la historia reciente parece habernos demostrado que ninguno de los dos partidos de gobierno en España, PP y PSOE -o equivalentes europeos- tienen entre sus filas a dicho político, como tampoco existe en la generalidad de los programas académicos de economía nociones básicas sobre teorías diferentes a la neoclásica.

La cuestión de la recaudación vía consumo, como hemos intentado explicar brevemente, no es por tanto única (no es imperativo subir el IVA, como asegura el establishment). Depende, siempre y en todo caso, de qué intereses sociales caminan tras las decisiones de política económica.

 

 

*Esta separación es ficticia, pues generalmente son los técnicos lo que le dicen al político qué hacer, siendo la ideología de los técnicos determinante, casi más que la del político; por esa razón rechazamos completamente el término tecnócrata como aquel que hace las cosas “bien” sin sesgo ideológico. El tecnócrata, como individuo, tiene una ideología que incide en su forma de actuar.

 

También publicado en Economía Crítica y Crítica de la Economía

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