El trabajo en Karl Marx. (III) Trabajo y plusvalía

Si en la entrada anterior de esta saga comentábamos cómo el capitalista se encuentra con un problema fundamental, el de convertir D en D’, en ésta entrada vamos a intentar resolver dicho problema (o aproximarnos a su resolución).

De acuerdo con lo que decíamos, el trabajo es una mercancía de la cuál están compuestas el resto de mercancías. Una medida común para todas las mercancías puede ser, por tanto, la cantidad de trabajo aportado a la fabricación de dichas mercancías a través de la expresión “horas trabajadas”. Así, la fabricación de una mesa requerirá para el trabajador medio 30 horas de trabajo, y la fabricación de un armario requerirá para el trabajador medio 60 horas de trabajo, pudiendose intercambiar dos mesas por un armario. De este modo, al igual que en la entrada anterior introdujimos la figura de la moneda, en esta usaremos un denominador común que es las horas trabajadas.

Como se ve, usamos horas de trabajo de un trabajador medio con una cualificación media por una cuestión de simplicidad analítica. Un trabajador más vago o menos cualificado requerirá de más horas de trabajo que uno más activo o más cualificado, pero en esencia, el resultado no varía.

El trabajo, además, posee una característica fascinante que ya anunciamos en la anterior entrada: no se gasta. O mejor dicho, es capaz de ser repuesta. Si a una maquina le incorporamos un tornillo, ese tornillo muy difícilmente podremos volverlo a usar. Sin embargo, para el trabajo, este impedimento no existe. Un trabajador puede gastar toda su energía (su trabajo) y, una vez descansado, volver a usarla. Esto equivale, en el caso del tornillo, a comprar otro.

Si nos fijamos, no hay gran diferencia entre comprar un nuevo tornillo y reponer las fuerzas de un trabajador pues sería, en realidad, como comprar la fuerza de trabajo de un trabajador y al día siguiente la de otro. Las horas de trabajo necesarias para la fabricación de un tornillo difieren de las horas de trabajo necesarias para la reposición de la fuerza de trabajo, pero ambas son perfectamente medibles en nuestra cantidad común: horas de trabajo. Sin embargo la diferencia entre una mercancía (el tornillo) y la otra (la fuerza de trabajo) estriba en la naturaleza del intercambio.

Como demostramos en la entrada anterior, en el intercambio surgido en el ciclo D-M-D (el camino que toma el capitalista) no se produce aumento de valor y es perfectamente asumible que se compra de forma “justa”. El tornillo pertenece, por tanto, a dos ciclos D-M-D; un capitalista posee M que vende a cambio de D a otro para que este posea M, es, en esencia una superposición de los dos ciclos D-M-D con la consiguiente forma de D-M-D*-M donde en D* se produce el intercambio de dinero a cambio de mercancía.

Sin embargo, para la compra de trabajo, este ciclo ya no nos es válido. Recordemos que la diferencia fundamental entre el capitalista y el trabajador es que éste tiene que vender su fuerza de trabajo porque carece de dinero (aunque podría perfectamente subsistir sin necesidad de ese dinero). Así, los ciclos son diferentes. M-D-M frente a D-M-D’. Es decir, el trabajador tiene un precio, aquél que le permita estar apto para volver a trabajar el próximo día, independientemente de las horas de trabajo que pueda aportar a la nueva fabricación de, por ejemplo, tornillos.

Aquí reside la “magia” de la fuerza de trabajo frente al resto de mercancías. Su capacidad de producir es superior a sus necesidades de sustento.

De este modo, si la resolución del problema a la creación del “extra” D’ – D no lo podíamos encontrar en el ámbito de la circulación (el simple intercambio), deberíamos probar entonces con la esfera de la producción. ¿Qué pasa en las fábricas?

Una vez son claros los supuestos, el proceso deductivo se pone en marcha. Cuando nuestro capitalista compra fuerza de trabajo de un trabajador (su capacidad de producir) lo hace por un tiempo determinado. Así, generalmente, se contrata a un trabajador por ocho horas al día. Y su salario se corresponde con aquel salario suficiente para su sustento. La ley de hierro de los salarios está más viva hoy que nunca.

De este modo, observamos cómo en la fábrica se produce un hecho bastante singular. Hay un tipo de mercancía cuya compra se paga a una cantidad y, sin embargo, en el proceso productivo es capaz de generar en 8 horas mercancías con valores muy superiores. Esa mercancía tan especial es, por supuesto, el trabajo.

Por poner un ejemplo, supongamos que el tiempo de trabajo socialmente necesario (el tiempo mínimo que requiere la producción de determinada mercancía) para la fabricación de 100 sillas es 2 horas. Un obrero es capaz de producir en 2 horas 100 sillas. Estas 100 sillas portan un valor neto (descontado el precio de la madera y demás otras mercancías necesarias para su fabricación, excepto el trabajo) de 300 euros. En la jornada normal, nuestro trabajador habrá producido 400 sillas con un valor de 1200 euros. Sin embargo, dado que el trabajador cobra su salario antes de la fabricación de las sillas y, además, éste se ajusta a su salario suficiente para el sustento percibirá 1000 euros. Como se puede ver, de la nada se han “creado” 200 euros que no tienen dueño. O bueno, sí que lo tendrán: el capitalista que acaba de ver cómo su fórmula D-M-D’ acaba de tomar sentido.

A esos 200 euros Marx denominó plusvalía. Si el trabajador se encontrase en su propio taller estaríamos en una situación como la descrita en la anterior entrada, de puro intercambio. Sin embargo, al no poseer los medios de producción “regala” al capitalista 200 euros. Mucho más le convendría al trabajador coger las sillas y venderlas, pues obtendría su verdadero trabajo aportado -1200-.

Se puede comprobar fácilmente que el valor puesto en marcha es diferente antes de la fabricación y después. Antes de la fabricación el valor total en circulación era de 2000 euros (el valor de la reposición de la energía a gastar -1000- más el dinero que posee el capitalista -1000-). Sin embargo, una vez la fabricación tiene lugar el capitalista posee mercancía (sillas) por valor de 1200 y el trabajador posee 1000 que intercambiará por bienes para reproducir su energía gastada. Es decir, el valor total en circulación es ahora de 2200. De súbito, se ha creado valor; y el culpable de dicha creación es el trabajo.

Ésta, y no otra, es la explicación de porqué existe la plusvalía: el capitalista, en tanto que propietario de los medios de producción, arrebata al trabajador el legítimo fruto de su trabajo. Es este el motivo de que el capitalista pueda ver incrementado su dinero “anticipado”.

Como señalaba Marx, en la Edad Media el siervo de la gleba sabía perfectamente cuál iba a ser la plusvalía (el diezmo). Sin embargo, bajo el capitalismo esa figura se desdibuja y, una vez más, se perpetúa la dominación de aquellos que poseen los medios de producción sobre los que no los tienen.

El trabajo en Karl Marx. (I) Metodología y valor
El trabajo en Karl Marx. (II) Mercancías e intercambio

El trabajo en Karl Marx. (IV) Acumulación y crisis

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