A ti que hablas andaluz

Por suerte he podido viajar bastante a lo largo de mi breve vida. E incluso he podido fijar mi residencia en tres ciudades diferentes de la geografía española. Y ello me ha llevado a valorar y a cuestionarme ciertos aspectos de mi naturaleza como andaluz. Considero que mi tierra es aquella que piso y que mi patria la componen los que, como diría el Che, tiemblan de indignación por cada injusticia; pero ello no debe oscurecer el hecho de que cada pedacito de tierra tiene unas formas más o menos concretas de cultura que empapa a quien la habita. En mi caso, como granadino, he aprendido a valorar ese tipo de aportaciones mientras me mantenía alejado de Granada.

En concreto, me centraré en la cuestión del habla andaluz. Y de cómo un andaluz automáticamente intenta disimular su acento cuando pisa la meseta.

Con mis compañeras de piso tuve una estimulante a la par que irritante discusión acerca de lo bien o mal que hablamos los andaluces. Ellas son norteñas, cántabra y riojana. La tesis principal defendida es que los andaluces hablamos mal. Lo cual ni es preciso, porque formas andaluzas de hablar hay muchas, ni es correcto. Y no es correcto porque para hablar mal en primer lugar hay que tener un sistema de referencia fonética rígido, que el castellano no lo posee, por lo tanto es imposible hablar mal lo que no existe. Además, como decía, el andaluz como conjunto de lenguas, difiere mucho de una región a otra por lo que englobar a todos los andaluces en el mismo ámbito demuestra poco rigor en el análisis.

Además de lo dicho, el andaluz sólo es una forma peculiar de hablar el castellano -e incluso me planteo que sea una forma superadora del castellano por su riqueza en vocabulario-, como lo es la forma levantina, catalana o castellano-manchega. El “Madriz”, el “ej que”, la prolongación de la “l” de los catalanes, u otros muchos casos son constitutivos de lo que, yo creo, supone la amplitud fonética del castellano.

Otra cuestión muy diferente es la existencia de problemas gramaticales -los cuales sí que poseen un sistema rígido de referencia-. Sin embargo, Andalucía es una de las regiones donde sus hablas no se caracterizan por tener problemas gramaticales. Efectos como el laísmo o el leísmo que sí que poseen regiones como Cantabria, Castilla y Madrid, por ejemplo, nunca han sido constitutivos del sello del “mal hablar” que arrastramos los andaluces.

Y la cuestión del “mal hablar” no me molesta por la percepción errónea que otros puedan tener acerca del conjunto de lenguas que es el andaluz. El falso “mal hablar” me molesta porque a pesar de su naturaleza de falso, oprime, caracteriza y define al andaluz. Un andaluz, por definición habla mal -lo cual es erróneo-, y habla mal por una falta de cultura -que es la justificación más usada-. Eso lleva automáticamente a un andaluz a renegar de su forma de hablar para evitar ser tildado de inculto. Renegar de una forma peculiar de hablar -que, por cierto, es el único conjunto de lenguas de Europa que posee la h aspirada proveniente del árabe y cuya frase típica está compuesta por menos sílabas que la del resto de castellano-hablantes- por miedo a ser marcado.

Eso, el rechazar tu cultura, es una injusticia terrible y que además está retroalimentada fuertermente por los medios de comunicación donde suelen categorizar al andaluz como analfabeto o a evitar que los actores andaluces serios le pongan su acento al guión. El andaluz, más allá de Andalucía ni existe y, si existe, es ridículo y denota incultura. Cuando, muy al contrario, el andaluz bebe de muchas más fuentes que el castellano-vallisoletano.

Por eso he decidido escribir este post como un llamado a los andaluces a hablar de forma gramaticalmente correcta, y en andaluz. Porque no sólo no hay que avergonzarse de ser andaluz sino que en ciertos sentidos hay que usarlo como herramienta política para rechazar la utilización mediática despectiva del mismo.

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