Que aplauda el Che girando las manos en el aire

La mayoría de la gente utiliza sus blogs para decir chorradas que sólo le preocupan a ellos mismos, cuyo impacto social es por tanto limitado pero que tiene un efecto balsámico sobre sí mismo realmente potente. Los blogs son sin duda psicólogos baratos de 24 horas. Siempre están dispuestos a ayudarte y soportan prácticamente cualquier tipo de sandez. Además, cuando uno termina, se siente reconfortado. Siendo así, procedo a comenzar mi terapia.

Me he cansado del buenrollismo. Nunca fue mi punto fuerte, la verdad. Pero comienzo a estar realmente harto. La multiculturalidad, el respeto a la diferencia, la tolerancia… Verdades liberales del siglo XXI. Y como todo lo liberal, me repugna. No digo que no haya más cultura que la europea-anglosajona y que haya que exterminar a las otras, no digo que no haya gente que no piense diferente y que haya que eliminar a los que piensan diferente. Ni me atrevo siquiera a decir que la intolerancia sea un patrón de convivencia bueno. En todo eso debe haber un “sí, pero”.

Sí a la multiculturalidad, pero no a aceptar conductas culturales salvajes, como la ablación. Que sean otros los que adopten a un caníbal, no yo. Sí a la diferencia, pero que ésta nunca se mueva en el ámbito del poder. Y no a la tolerancia gratuita. Al enemigo, ni agua. Y si pide, polvorones.

La noción de enemigo es peligrosa, pero necesaria. Creo en la tolerancia -y la mayor de las veces desde un estatus paternalista-, pero no creo que haya que tolerarlo todo. Me encantaría ver a los tolerantes amigos que simpatizan con el pacifismo más conservador y recalcitrante tolerar que su vecino toque la batería con amplificadores a las cuatro de la mañana de forma sistemática. Y el ejemplo del batería está traído a propósito. Estoy convencido de que la tolerancia con el batería es mucho menor que con un policía que les agrede o con un banquero que los desposee de su vivienda. Esa es la maravilla del multiculturalismo buenrollista hippie guay. Intolerancia con las afectaciones más íntimas y particulares, puramente consumistas, individualistas; y una suerte de felicidad y respeto hacia el enemigo público.

El multuculturalista buenrrollista hippie guay toma café descafeinado, coca-cola sin azúcar y jamón sin cerdo. Es el que dice viva la revolución de la paz. Que viva el Che Guevara subido a lomos de un corcel mágico -sin espuelas, por supuesto- repartiendo claveles en los fusiles de sus enemigos. Y no estoy dramatizando. Quiere lo superchachi pero sin lo supermalo. El multiculturalista buenrrollista hippie guay ve en la revolución de los claveles portuguesa una poesía. Pero se olvida del bolígrafo con la que está escrita. No fueron los militares “enemigos” los que se pusieron los claveles, sino los “amigos” y en un gesto claro: tenemos claveles porque esperamos que estéis de buen rollo, pero si no lo estáis nos liamos a tiros. Esa era la imagen poderosa de la revolución de los claveles. No un clavel, sino un clavel dentro de un fusil. Lo superchachi y lo supermalo. Y no quiero idealizar la revolución de los claveles (y los fusiles) por su devenir histórico; pero lo cierto es que fue un cambio revolucionario con fusiles. Desafío al multiculturalista buenrrollista hippie guay a que me ofrezca una revolución de toma del poder que se haya efectuado sólo con claveles.

Es algo maravilloso ver cómo el multiculturalista buenrrollista hippie guay ansía la revolución y se niega a aceptar las consecuencias violentas que ésta tiene. Y en ese impasse, celebramos poder reunirnos en las plazas a vomitar nuestras ideas que, como se niegan a dar el paso definitivo de la violencia, se quedan en cosas poco más útiles que vomitar las ideas en un blog como estoy haciendo en este instante.

Lo realmente terrible es que la izquierda realmente existente está cediendo esos espacios de discusión. Proclamar la violencia como un proceso lógico dentro de cualquier pugna por el poder real está mal visto. Decir que hay enemigos de la sociedad está mal visto. Señalar que en algún momento tendremos que salir de ese absurdo del asambleísmo y hacer algo está mal visto. Hemos perdido el norte de lo importante y nos resignamos a lo posible. La integración de las minorías en la sociedad capitalista es un éxito para el multiculturalista buenrrollista hippie guay, incluso un fin si para cualquier otra cuestión hay que recurrir a la violencia. Con ese pensamiento, la integración de las minorías en la sociedad socialista es una utopía quimérica. Y no creo que deba ser para la izquierda realmente existente una quimera alcanzar el socialismo.

En otras palabras y por resumir. Estoy cansado de la cultura de la derrota. Y no me vale un “ahí os quedéis con vuestra postmodernidad multiculturalista buenrrollista hippie guay”, porque por suerte o por desgracia, la contestación real al capitalismo necesita de esta gente. Radicalicemos y violentemos el discurso. Empezar por ahí es toda una tarea revolucionaria.

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2 thoughts on “Que aplauda el Che girando las manos en el aire

  1. Gran artículo, Alejandro. El multiculturalismo es, sin duda, un éxito del sistema que integra a las minorías pseudo revolucionarias al mismo tiempo que las aísla del resto de la sociedad española. Esta gente de estética cuestionable, sin gran formación intelectual (o ninguna en algunos casos) que se reúne en asambleas callejeras y propone medidas revolucionarias que no van a ninguna parte, es una lacra para la revolución y esta es, te guste más o menos, la izquierda, hablando en términos generales, claro. Luego tenemos la izquierda institucional, que, primero, nunca va a llegar al poder si sigue siendo como es, y, segundo, si llegara, dudo que aspirara a un cambio de sistema.

    En realidad, con la idología comunista es probable que la izquierda esté condenada dentro de este sistema a estar integrada por ese tipo de minorías que dan más risa que miedo a los grandes capitalistas.

    1. Me alegra que te parezca un gran artículo pero yo no puedo estar de acuerdo con tu comentario. En primer lugar, el multiculturalismo no se refiere -fundamentalmente, aunque sería extrapolable- a la cuestión de las tribus urbanas sino a las culturas de fuera. Me explico, más allá de que un tipo se considere emo o rapero ese tipo tiene un compenente cultural 99,99% similar al mío. Respeto por los derechos humanos, asentamiento en la economía de mercado, vivencia en un entorno democrático-liberal… Por tanto el multiculturalismo no sería sensato enfocarlo como una cuestión problemática dentro de España ya que aquí y en la Europa occidental hay una monocultura general que engloba diferentes formas de convivir con esos patrones comunes.

      En segundo lugar, no valoro lo de estética cuestionable dado que la estética sin más dice poco. Me parece criticable que alguien vaya de hippie por la vida y sea un ultracapitalista en lo su vida privada, pero no me parece que se deba cuestionar la estética sin más. Además, la formación de la gente multiculturalista es bastante elevada, de hecho no es sencillo hablar de multiculturalismo si no has estudiado de qué va eso del multiculturalismo. No coincido en absoluto contigo en ese punto. De hecho, cuando yo planteo al final del post el tema de ganar los espacios de discurso a los multiculturalistas lo digo en el marco de una batalla ideológica y eso requiere formación. Y de hecho van ganando esa batalla ideológica.

      Tampoco entiendo lo que quieres decir en tu parte final. La ideología comunista no es multiculturalista -ni tampoco deja de serlo-. De hecho me cuesta dar una definición de qué es la ideología comunista. El hecho de que den más risa que miedo -que tampoco lo comparto- viene provocado precisamente por lo que digo en el artículo: no podemos ir de buenos y comprensivos con los señores capitalistas. Hay que ser justos con ellos, eso no lo discuto. No hablo de linchamientos públicos, sino simplemente de decir “eso que tenéis es del pueblo y os lo pensamos quitar”. Esa actitud es violenta y no necesariamente debe causar ni un solo disparo. Todo proceso de cambio social debe ser necesariamente violento porque alguien gana y alguien pierde. Para ganar ese “miedo” debemos estar dispuestos a aceptar que si queremos cambio será violento -e insisto que eso no quiere decir agresiones físicas ni disparos-. Hasta que no asumamos eso, que hay que ser violentos en el discurso, mal nos irá a los que queremos el cambio social.

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