El modelo de trabajo-ocio desde una perspectiva marxista

En esta entrada se pretende señalar la falacia escondida tras el análisis neoclásico de elección libre entre trabajo y ocio en una economía dentro del mundo del trabajo. Para ello se hace una comparación entre el modo de producción capitalista y el feudal, aplicándole la crítica marxista.

 
De acuerdo con Naredo, en su libro La economía en evolución, los incrementos de productividad en otras épocas distintas a la capitalista tendían a aumentar los tiempos de ocio de los trabajadores. Esto se debe, a nuestro juicio, a la previsión en el reparto que existía y a las lógicas internas de los diferentes modos de producción. Es decir, durante el modo de producción feudal, el siervo sabía que un 10% de la producción (el diezmo) sería entregado al señor feudal y que el resto (el 90% de su producción) iría directamente a su consumo.

 
Así, cuando durante una época el siervo producía 100 y consumía 90 que eran suficientes para su bienestar, un incremento en la técnica que le permitiese producir 200 no se traducían en un nuevo reparto de 20 para el señor feudal (el diezmo de 200) y 180 para el siervo, sino que se prefería un reparto mayor del ocio, pasando a producir, quizá, 130 para consumir 117 (algo más que los 90, pero no mucho más) y entregar el correspondiente diezmo (13). Esto explica el porqué, hasta la invención de la máquina de vapor, las tasas de crecimiento de la producción eran tan bajas. Si bien es cierto que las ganancias de productividad eran muy inferiores a las que permitía la máquina de vapor, la productividad no era un fin en sí mismo, pues a pesar de que se podía producir más, se prefería producir lo suficiente, y dedicar el resto del tiempo al ocio.

 
Sin caer en el mensaje erróneo de que el modo de producción feudal era mucho mejor al modo de producción capitalista, lo cierto es que la perspectiva de para qué servía la productividad era mucho más humana que la actual. Actualmente, producir más es mejor que producir menos, aunque eso derive en menores tiempos de ocio. El motivo es simple, camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Cuestión que, durante el modo de producción feudal no se daba. Si produces 10 me das 1 y si produces un millón, me das 100.000, pero a ojos del señor feudal, tanto daba (asumiendo la inexistencia de cuotas mínimas, que existían pero que no aportan demasiado al análisis).

 
La fijación de pagos sobre la producción incentivaba enormemente que la economía tendiese a niveles de subsistencia. Esos pagos sobre la producción es lo que llamamos distribución de la producción. Como decía Engels «La economía política, es aquella ciencia de las condiciones y formas bajo las cuales las diversas sociedades humanas han producido y practicado el intercambio, y bajo las cuales han distribuido, según aquéllas, sus productos», por lo que es muy pertinente el estudio de la distribución en un modo de producción y otro.

 
Si el trabajador crea su producto y sabe de antemano qué parte de su producto debe entregar al capitalista bajo cuyas órdenes se encuentra, lo más sencillo es que el trabajador calcule cuánto necesita para sí y produzca eso más el plus que entregará al capitalista. La plusvalía es evidente y pactada de antemano. En la época feudal, de hecho, ése era el sistema. Así, el trabajador tenderá a trabajar lo necesario para cubrir sus necesidades y un plus tratando de cubrir sus necesidades en el menor tiempo posible para disponer de más tiempo libre. Sin embargo, dado que el modo de producción capitalista se fundamenta en el oscurecimiento de las relaciones de apropiación de plusvalía (el trabajador no sabe en cuánto consiste ese plus que entrega al capitalista), el trabajador trabajará lo necesario para que el plus del capitalista colme las necesidades del capitalista. Y como camarón que se duerme, se lo lleva la corriente, el capitalista nunca tendrá suficiente pues no busca satisfacer sus necesidades sino algo más.

 
Ese algo más que busca el capitalista no es obtener la suficiente plusvalía como para seguir viviendo, sino obtener cada vez más plusvalía para evitar que otros acumulen más plusvalía y lo puedan desplazar del mercado vía precios u otras formas de competencia basadas en la acumulación. De este modo, si el capitalista desea sobrevivir en el mundo de capitalistas –es decir, sin recurrir a su propio trabajo sino a la extracción de plusvalía sobre el trabajo ajeno-, no tiene otro remedio que aumentar sistemáticamente la tasa de explotación sobre sus trabajadores, ya sea aumentando la productividad o aumentando los tiempos de trabajo. O ambos a la vez.

 
No queremos decir que el modo de producción feudal fuese un modo en el que era el siervo el que tomaba las decisiones de producción libremente, sino que en el modo de producción feudal, el siervo controlaba hasta qué punto se esforzaba. Sin más. Evidentemente, el diezmo u otros impuestos eran puestos por el señor feudal que era el que incrementaba o reducía la producción indirectamente mediante su acción. Pero su papel en las decisiones de producción era residual. Cuánto producir para obtener lo que necesito son las decisiones que tomaba el siervo y que hoy día toma el capitalista y no el trabajador.

 
En rigor, como decimos, no era el siervo el que decidía cuánto se producía. El señor feudal, mediante el incremento de los impuestos -dado que controlaba los medios de producción- era en realidad el que decidía cuánto se producía. Sin embargo, es la ausencia de competencia la que permitía que el señor feudal tampoco tuviese incentivos a conseguir mucho más que la subsistencia, al contrario que el capitalista hoy día.

 
Así pues, a pesar de que el siervo estaba sujeto a la necesidad de trabajar para subsistir, el trabajador asalariado se encuentra en la misma esfera con una diferencia clave entre ambos. El siervo era mucho más libre, en la producción, de lo que lo es el trabajador asalariado.

 
De este modo hemos demostrado que el incremento de la productividad general no está basada en las necesidades de los trabajadores sino en las necesidades de supervivencia de los capitalistas que les empujan a buscar nuevas formas de aumentar la producción al precio (sobre otros) que sea. Y también hemos visto que las decisiones de producción estaban también determinadas por la ausencia de competencia entre los señores feudales, lo que en la práctica se traducía en una cuota fija (un flat tax).

 
Es decir, y recapitulando, a pesar de que hemos señalado que los siervos eran más libres en la decisión de cuánto trabajar que los trabajadores, lo cierto es que en un caso y otro, son los poseedores de los medios de producción los que determinan hasta qué punto debe llegar el desempeño de los trabajadores y siervos. En otras palabras, cuánto ocio pueden permitirse los trabajadores y siervos.

 
De este modo, las relaciones de producción están, necesariamente, determinadas por las necesidades de los poseedores de los medios de producción. Nunca las decisiones de trabajo y ocio son decididas por los trabajadores o los siervos tal y como propone la teória económica dominante a través de sus modelos de ocio-trabajo. La variable fundamental a la hora de determinar cuál es el papel del ocio en una determinada sociedad no es, por tanto, la distribución individual del trabajador/siervo (entre salario-tiempo o equivalente) sino la propiedad de los medios de producción. Pasando por encima de este hecho es como la economía neoclásica demuestra su carácter de clase: silenciando la contradicción central en el análisis de una sociedad.

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