Resolver problemas no es inventarse una nueva ecuación

Para hablar de economía en la mayoría de ocasiones no es necesario ser un experto en la materia ni saber hacer gráficas impresionantes con multitud de curvas que se cruzan entre sí gracias a un complejo sistema matemático. De hecho, quien más suele saber de economía son precisamente aquellos que prescinden de los complejos modelos matemáticos que, como decía Galbraith, es el método adecuado para “eludir toda responsabilidad por las insuficiencias y por las injusticias del sistema”.

Así, en la mayoría de las plazas, mucha gente sin formación económica tiene sus propias soluciones para dar fin a la crisis, o al menos, para mitigarla de forma parcial. Es evidente que, en nuestras plazas o parques, será difícil encontrar alguien que sea capaz de exponer un pensamiento sistematizado que deje pocos o ningún cabo suelto y que, además, sea útil para superar la crisis; pero bueno, al menos se intenta.

Sin embargo, aquellos que tratamos de estudiar la economía y que además pretendemos darle salida a la crisis a través de la transformación militante de la sociedad no tenemos la libertad de “intentar” dar una respuesta a la crisis: tenemos la obligación de hacerlo. Los cientos de grupos de economistas críticos que hay dispersos por todo el Estado, las decenas de asociaciones estudiantiles que se ocupan de la economía desde un punto de vista heterodoxo y, ahora, los grupos de trabajo de economía surgidos del Movimiento 15-M… Todos tenemos esa obligación.

Y sobre estos últimos grupos va mi principal crítica.

Como exponía más arriba, es ahora cuando la sociedad civil demanda de nosotros -los militantes activos con inquietudes acerca de la economía- una respuesta sistemática y bien estructurada para resolver este problema que la mayoría social está sufriendo y que se le ha venido a llamar “crisis”. Habrá quien abogue por la instauración de la banca pública, habrá incluso quien crea que es mejor que la banca simplemente sea más controlada y habrá quien incluso crea que es necesaria la salida del euro. Y todas las opciones, debidamente argumentadas, pueden ser válidas de forma preeliminar de cara a un debate medianamente riguroso acerca del eterno qué hacer.

Pero la realidad muchas veces es más irreal que lo que a uno le gustaría.

Participo en el grupo de “Modelos Económicos Alternativos” de Granada, surgido al calor del 15-M. Este grupo vendría a cubrir la deficiencia de la inexistencia de una Comisión de Trabajo sobre Economía o algo así. Ha sido un grupo creado tarde -apenas unas dos semanas- y mal. Y me explico.

Como su nombre indica, no se va a hablar en este grupo de qué está sucediendo y cómo cambiarlo. No. Hacer un análisis sistematizado de cómo está actualmente el Movimiento, cual es el motivo de su éxito y cómo podemos mantenerlo con vida y, a la vez, transformar la realidad es un debate de, al parecer, una altura importante y que el Modelos Económicos Alternativos (en adelante, MEA) no está dispuesto a realizar.

Por eso, al parecer, mientras la gente es desahuciada, las listas del paro aumentan, los salarios caen en picado, se acentúa el proceso privatizador y desregulador, las pensiones se alargan y se empobrecen; es decir, mientras una parte importante de la sociedad las está pasando putas, el MEA considera que es el momento, más que de resolver con una perspectiva realista y alternativa el problema, de ponerse a discutir si el modelo de comercio basado en mercados es bueno y si no sería mejor que productores libres se encontrasen en un punto fijado para intercambiar sus productos en base al trueque. O que, quizá, una alternativa para salir de esta crisis sean los bancos del tiempo (que no dudo que estén muy bien, pero señores: ¡rigor!).

Como decía antes, la sociedad pide de nosotros alternativas y dudo mucho que el parado con hipoteca piense que la alternativa necesaria es, simplificando en exceso las cosas, irse al monte a vivir en paz. Hay que hablar de globalización, de financiarización de la economía, del Pacto del Euro y de sus consecuencias… en definitiva, y siento la reiteración, hay que hablar de qué está pasando y de cómo solucionar esto de una forma crítica y de izquierda; y no perderse en la inmensidad del debate utópico de “qué bien viviríamos si…”.

El peor favor que los economistas podemos hacerle a la lucha ideológica es imaginar que jugamos, los eternos enemigos, en tableros diferentes. Frente a frente nos encontramos y con las piezas de que disponemos hay que combatir; de lo contrario no sólo habremos perdido la batalla cargados de razón sino que incluso hasta nuestras figuras, en nuestro particular tablero de ajedrez, cambiarán su color por el del enemigo al no encontrar en nosotros soluciones creíbles en el más corto -y necesario- plazo. En nuestras manos está.

 

También se puede leer en: http://www.economiacritica.net/?p=366

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A vueltas con las listas abiertas

Al calor de los movimientos populares del 15-M ha (re)nacido el debate sobre la forma en la que los cargos públicos son propuestos para llegar a ser electos. Esto es, listas cerradas o abiertas.

Una definición a lo bruto de estos conceptos vendría a decir que las listas cerradas son aquellas en las que el orden y nombre de los componentes de una lista electoral vienen predefinidas por el partido político o coalición a la que representan; mientras que las listas abiertas vendrían a ser algo así como una lista sin orden, donde serían los votantes los que presentarían su preferencia sobre el orden de los candidatos. Un ejemplo de listas abiertas serían las de candidatos a senadores.

Bien, dentro de las listas electorales abiertas podemos apreciar diferentes formas de llevarlas a cabo. Esto es, una única lista de partidos, dónde al votar se elija a miembros de diferentes listas (el caso del senado), o por el contrario, una lista por cada coalición dónde se elija de entre todos los miembros de esa candidatura el orden de preferencia.

En esencia estaríamos hablando en todos los casos de lo siguiente: de quien depende que los candidatos salgan elegidos y su orden.

En el caso de las listas cerradas la respuesta es sencilla, el partido político. En el caso de las listas abiertas la respuesta es mixta: por un lado el partido que elabora la nube de nombres que compondrán su lista y el elector, que decide de entre la nube de nombres.

En Cuba, como seguramente (no) saben, al no poder presentarse a las elecciones ningún partido político -exacto, el Partido Comunista de Cuba tiene prohibida la presentación de listas electorales- el sistema es de listas abiertas. Quien quiera se puede presentar. Y aquí en España la cosa es similar. Quien quiera puede, a través de los cauces de su partido, presentar su candidatura. El problema radica principalmente en esa pequeña salvedad de “a través de los cauces de su partido”.

Muchas de las quejas vienen de ahí. ¿Por qué el partido político tal presenta una candidatura de puta madre y, sin embargo, incorpora a un corrupto? ¿Por qué el partido político cual, presenta a mi abuela a la que votaría pero el resto de los componentes de la lista no me colocarían en el Ayuntamiento?

A priori todas estas reclamaciones son legítimas. O quizá no tanto.

Los partidos políticos no se componen de personas. De hecho, en sus procesos congresuales lo primero que se aprueba y decide es la linea programática y los documentos político/organizativos. Después se elige a un grupo de personas que tendrán que representar esas ideas. Es decir, y abreviando mucho: un partido político es, fundamentalmente, ideas a las que las personas se adhieren y no al revés.

Por tanto, al votar una lista electoral lo que se vota son personas, desde luego, pero en primer lugar se está votando un programa. De este modo acabamos de cepillarnos la reclamación lícita de listas abiertas entre varias candidaturas (modelo senado).

Vayamos a la segunda variante de listas abiertas: Votamos ideas, la lista del partido “Z” pero nosotros decidimos qué miembro será el número uno y cual el dos.

Para rebatir esta modalidad me apoyaré en el mismo argumento: ideas VS personas. La lista elaborada ordenadamente por un partido corresponde a lo que el partido, de forma democrática, entiende que es la mejor manera de que las ideas que el partido representan tengan su respuesta. Es decir, que si Perico es el número uno es porque es la persona más capacitada para trabajar por las ideas que las siglas (y documentos y programa) del partido “Z” representan. Y si Azucena es la número dos es porque los miembros de “Z” creen que con Perico de número uno, un buen número dos es Azucena.

¿Por qué, en ese caso, Matías -ajeno al partido “Z”- tiene que decidir quien defiende mejor las ideas de “Z”? Si quiere influir en las listas de “Z” la solución es bastante simple: que se afilie.

¿Qué traen consigo las listas abiertas? La difuminación de las ideas y la puesta en valor de la persona. El fin del sistema electoral basado en un programa. Estaríamos, en la práctica, ante la explosión de los partidos políticos en miles de pequeños matices multicolores que serían incapaces de aglutinar fuerza suficiente como para proponer un modelo concreto de nada, manteniéndose así, como todos sabemos, el status quo. Si eres incapaz de aglutinar fuerzas transformadoras, lo que hay (el status quo) prevalecerá.

Imagínense un Ayuntamiento dónde los compañeros de partido se hagan rivalidad unos a otros para conseguir aglutinar votos. Miles de panfletos no con siglas y propuestas programáticas concretas sino con personas saludando felizmente aportando exactamente igual que los demás pero mejoradas respecto al panfletito de la semana anterior. En otras palabras, estaríamos ante una discusión de lavabo por ver quien la tiene más grande.

Por ese motivo estoy radicalmente en contra de las listas abiertas y de lo que suponen (tratos de favor, exaltamiento de la persona, cuchilladas inter-partidos…) así como creo que si algo de un partido que crees cercano a ti no te gusta, tu deber es entrar ahí y luchar por lo que quieres, porque de lo contrario, amigo mío, lo tuyo es quejarte de la suciedad de tu casa sin intentar siquiera coger una maldita escoba.

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