El trabajo en Karl Marx. (IV) Acumulación y crisis

Termina aquí la saga dedicada a la introducción de la economía política marxista. En esta entrada debatiremos cómo la existencia del capitalismo lleva aparejada a sí misma la existencia de la crisis y en qué consisten esos términos. Sin embargo, quedan pendientes muchas cuestiones como por ejemplo por qué existen los capitalistas y los trabajadores. Esta cuestión, que está resuelta, la tengo planeada para un futuro incierto para intentar ilustrarla de la mejor manera posible.

Como decíamos en anteriores entradas, y por recordar, el capitalista necesita al trabajador para poder conseguir ese extra necesario para vivir, pues el dinero, por sí solo, no devuelve más dinero que el que se entrega al inicio. De este modo, al cobrar más barato el trabajador por su fuerza de trabajo que el trabajo que realmente aporta al proceso productivo, surge la plusvalía.

Esta plusvalía, que es la base de la acumulación capitalista, puede verse incrementada de varias formas. De una forma directa, esto es, incrementando las horas de trabajo. Si un trabajador produce para sí mismo -el tiempo necesario para alcanzar su mínimo de subsistencia- cuatro horas, y para el capitalista -en forma de plusvalía- durante otras cuatro horas, si el capitalista quiere aumentar la plusvalía obtenida deberá aumentar el número de horas que el trabajador trabaja para el capitalista. Así, un alargamiento de la jornada laboral conlleva automáticamente a un aumento de la plusvalía obtenida. (más…)

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Otra política económica de la recaudación. El Impuesto sobre el Consumo.

No estamos dispuestos aquí a contar el por qué de la subida del IVA. De hecho, la caverna mediática y otros sectores afines al socialismo tipo Almunia ya lo han hecho por nosotros. Que si España tiene uno de los tipos más bajos de Europa, que si el tipo reducido es un caso casi único en la UE, etc. Esos argumentos, que son rigurosamente ciertos, se pueden combinar con el de que el IVA es un impuesto con el que se recauda mucho. Ni un ápice de falsedad. Por tanto si el Estado necesita dinero -y no entraremos aquí en por qué necesita dinero, pues esto ya ha sido tratado aquí- ¿por qué no aceptar la subida del IVA? . A eso es a lo que voy a dedicar mis esfuerzos en esta entrada: a argumentar por qué recaudar más es posible sin tocar el IVA, o al menos tocando ciertas partes de el tributo. NOTA: ya indicamos someramente en otro post que desde el punto de vista macroeconómico era totalmente ineficiente subir el IVA.

En definitiva la intención del artículo es presentar una medida de política recaudatoria diferente, de corte postkeynesiana, sobre el consumo. A lo largo de este breve articulo tomaremos el papel del político que fija un objetivo, y del economista, que pone los medios para llegar a ese objetivo.*

En primer lugar justificar el por qué no se debe, bajo nuestro punto de vista, tocar el IVA. El argumento central es simple: el pago del IVA no le supone al rico en proporción el mismo esfuerzo que al pobre. Estamos ante un impuesto terriblemente regresivo. Si la crisis que no provocó la mayoría social va a tener que ser pagada por todos, qué menos que todos contribuyamos, al menos, con el mismo esfuerzo. Esta podría ser una razón de carácter político. La voluntad de nuestro político es distribuir la carga de la recaudación de una forma más progresiva.

Así pues, esta orden es llevada a los técnicos: un impuesto sobre el consumo que tienda a la progresividad, ya que el impuesto al consumo es de alta recaudación.

El problema, podemos intuir, es aséptico: hay que sacar dinero. El cómo es lo que define al político (y al economista).

Nuestra hipótesis de partida es simple: que quien más tenga, más contribuya (especialmente cuando el desmesurado poder de esos “que más tienen” ha sido el culpable de esta crisis). El problema entonces es identificar a quienes más tienen. Y no es una cuestión baladí. Desafortunadamente el poder económico ya nos es medible por la renta vía IRPF debido a la elusión fiscal y ni tampoco lo es el patrimonio pues este puede ser fruto de situaciones individuales pasadas mejores a la actuales, o puede ser enmascarado a través de sociedades u otros artificios legales. Lo que nos indica cuando una persona es rica o pobre realmente no es por tanto su renta o su patrimonio sino su gasto (y su ahorro, aunque no va a ser esa la cuestión en la que nos centremos en este caso).

De acuerdo con los postulados postkeynesianos el consumo es un campo finito. Es decir, existe un límite para todo el mundo. Nadie por tener más dinero compra más pan que otro, ni nadie por tener más dinero compra muchas más camisetas que otros. Supongamos que David, un hombre pobre compra 4 camisetas al año y Juan, un hombre diez veces más rico, 25 o 30, aun aceptando un disparatado número de compras, estas no van en proporción directa a su riqueza porque las necesidades sesacian. Es por esta razón que un impuesto sobre el IVA perjudica notablemente a las clases populares.

Pero es más, de acuerdo con la teoría postkeynesiana, los consumidores comen pan y no diamantes. Esto puede parecer una perogrullada pero tiene su importancia. Se establece así una división y jerarquización de las necesidades. El individuo medio se comprará un Ferrari, bienes de estatus, sí y solo sí, sus necesidades básicas están cubiertas.

Por tanto, uniendo ambos preceptos teóricos parece claro que el rico y el pobre no sólo no comprarán la misma cantidad de bienes -supuesto que comparte el IVA y que sirve de legitimante falso para decir que se contribuye indirectamente de forma proporcional- sino que tampoco comprarán el mismo tipo de bienes. Esto es rechazado por la ortodoxia neoclásica. O más que rechazado es no tenido en cuenta. Bajo el análisis neoclásico, un consumidor tiene un conjunto de preferencias no predeterminadas por las necesidades y, además, quiere cuanto más mejor -no saciabilidad de las preferencias-. Por tanto, según el análisis neoclásico, un rico puede estar obsesionado con el pan y comprar millones de barras si eso le hace feliz, igual que un pobre puede comprarse un Ferrari y no comer nada en años. Esta será la coartada que los economistas convencionales usarán para escabullirse entre sus insensateces teóricas.

Así pues, si aceptamos el supuesto postkeynesiano es posible identificar a aquellos que tienen más capacidad económica actual. Por tanto, una vez identificados es posible aplicar impuestos que graven actividades propias de aquellos individuos con mayor capacidad económica. Por ejemplo, gravando con un impuesto sobre el 100% la adquisición de vehículos de lujo, como Ferrari. Generalmente, aquellos que compran un vehiculo Ferrari tienen capacidad para comprar dos, por lo que el impuesto apenas perturbaría la compra-venta de vehículos de lujo. La misma actuación podría hacerse sobre la adquisición de yates o joyas de un determinado quilataje.

Estas medidas de política económica son simples de regular y efectivas en su recaudación. Sin embargo adolecen de dos graves problemas: requieren de un político que quiera distribuir progresivamente (que no de forma justa) la carga de la crisis y de un economista que haya estudiado algo más que teoría neoclásica. Desafortunadamente, la historia reciente parece habernos demostrado que ninguno de los dos partidos de gobierno en España, PP y PSOE -o equivalentes europeos- tienen entre sus filas a dicho político, como tampoco existe en la generalidad de los programas académicos de economía nociones básicas sobre teorías diferentes a la neoclásica.

La cuestión de la recaudación vía consumo, como hemos intentado explicar brevemente, no es por tanto única (no es imperativo subir el IVA, como asegura el establishment). Depende, siempre y en todo caso, de qué intereses sociales caminan tras las decisiones de política económica.

 

 

*Esta separación es ficticia, pues generalmente son los técnicos lo que le dicen al político qué hacer, siendo la ideología de los técnicos determinante, casi más que la del político; por esa razón rechazamos completamente el término tecnócrata como aquel que hace las cosas “bien” sin sesgo ideológico. El tecnócrata, como individuo, tiene una ideología que incide en su forma de actuar.

 

También publicado en Economía Crítica y Crítica de la Economía

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Copago, ¿y eso por qué? II- Lo que hay detrás

Después de contraargumentar el otro día las principales justificaciones economicistas sobre la “necesidad” del copago, quedé en deuda de explicar ahora el por qué es malo en sí el copago y qué ha hecho que en los últimos tiempos se venga poniendo de moda esta necesidad “imperiosa” de establecer el copago. Copago que, por cierto, en adelante será tratado como repago -pues en los impuestos ya va el pago por el uso de la sanidad-. Para el argumentario contra el repago aconsejo que se visite la web de Ángels donde se hace eco de un texto de Benach, Muntaner y Tarafa.

Argumentario contra el repago:

En primer lugar hablaremos de los aspectos directos de equidad. El asunto es simple: ante un repago hay siempre usuarios más afectados y menos afectados. Al ser una tasa fija sobre la utilización, la capacidad adquisitiva no tiene reflejo en el repago. Es decir: una renta baja paga igual que una alta, lo cual es, a todas luces, injusto pues la capacidad de acceso a la sanidad es proporcionalmente más cara para una renta baja que para una alta. Por tanto esto actúa de forma discrecional sobre quienes más suelen utilizar los servicios sanitarios, los ancianos y ancianas de rentas bajas. La medida es, por tanto, regresiva. Además, se institucionaliza el impuesto a la enfermedad, convirtiendo al enfermo en una especie de proscrito que “abusa” del derecho a sanarse.

Por otro lado también tiene mucha importancia, dejando al margen los aspecto éticos y de justicia social, el impacto que tiene sobre la demanda. El efecto psicológico del repago es brutal. Si se grava, aunque sea mínimamente, la atención sanitaria, se dejarán de lado las visitas rituales y de primera atención; fomentándose la automedicación y permitiendo un agravamiento de las enfermedades debido a que no se atajaron cuando eran incipientes. Esto es simple de demostrar: las visitas rutinarias al dentista son muy reducidas en proporción a las visitas rutinarias al ginecólogo o al urólogo. Ambas son necesarias, pero unas son “pagadas” y las otras no. Acudir al dentista cuando se tiene una muela picada que duele puede ser un problema; acudir al ginecólogo cuando te sangra la vagina puede ser, en determinados casos, algo de difícil solución. Es decir, con el repago se traslada el coste de una visita rutinaria a una intervención de mayor calado y, por tanto de coste. Como vemos, el efecto perverso que introduce el repago desde el punto de vista del gasto es también importante.

Además, deja en manos del paciente la decisión sobre si su enfermedad es lo suficientemente importante como para ir al médico o no. Esto supone trasladar, de facto, el sentido y la importancia del médico de familia.

Pero como los análisis y argumentos contra el repago están mucho mejor descritos en el texto que se propone de Ángels, procedo a continuación a tratar, con la sanidad como testigo, el proceso de descomposición provocado del Estado del Bienestar.

La tasa de ganancia (esto es, la proporción entre beneficios e inversión) dirige el mundo. Su caída provoca crisis y en ella surgen los intentos de su recomposición. Con el desmantelamiento del Estado del Bienestar no estamos sino ante un intento de recomponer el crecimiento de la tasa de ganancia. El método es sencillo.

Si cae la tasa de ganancia (que es una fracción) la forma de hacer que aumente es disminuir la inversión o aumentar los beneficios -no beneficios individuales, sino tomados desde un punto de vista colectivo o sectorial-. El método para aumentar beneficios es simple, bien se aumenta la tasa de explotación (se reducen costes laborales) o bien se desarrollan nuevos mercados. El colonialismo y el imperialismo son ejemplos clásicos de desarrollo de nuevos mercados que permitan tirar hacia arriba de la tasa de ganancia. La segunda guerra mundial, por ejemplo, fue otro nuevo mercado.

El capital, en condiciones normales no es creativo. Si la tasa de ganancia crece no hay porque complicarse la vida, que siga el juego. Sin embargo si la tasa de ganancia cae, entonces se encienden las alertas y se empiezan a buscar nuevas formas de obtención de beneficios. El colonialismo, el imperialismo, la segunda guerra mundial o el desarrollo de las hipotecas subprime no son más que ejemplos de cómo el capital busca nuevas formas de aumentar su rentabilidad.

Si han seguido con un mínimo de atención la parrafada anterior comprenderán a dónde voy. El Estado es un gigante que gasta en torno al 45% del PIB en los países del centro (los “desarrollados”). Y, eso, es un bocado muy apetitoso. No estamos ante una racionalización del gasto irracional. No estamos ante el ajuste real de las necesidades del ser humano. Estamos ante una acción natural del capitalismo. Esto del repago es capitalismo. No sólo niños muriéndose en África en guerras de coltán, no sólo fabricas manchesterianas del S.XIX donde se explotaba a hombres, mujeres y niños. El repago es otro recurso más del capitalismo. Un capitalismo que, por su propia dinámica es voraz y no entiende de barcos. Y como se deriva de lo que decía más arriba, la reforma laboral (aumento de la tasa de explotación, reducción de los costes laborales) es, de nuevo, una muestra más del funcionamiento simple del capitalismo.

Por eso no hay argumentario válido a favor del repago. Los intelectuales orgánicos del capitalismo sufren intentando “justificar” la necesidad del repago. Y sufren por una sencilla razón: porque cuando la verdad es tan evidente, intentar engañar se hace muy duro. Es el capitalismo, idiotas.

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¿Algún vendedor le ha dicho que su producto es de mala calidad?

Debo reconocerlo. No soy un gran amigo de la vertiente psicológica de la economía, ni me simpatizan los promotores de la economía de la conducta, sin embargo creo que en ciertos aspectos merecen que se les preste algo de atención. Verán, en los últimos días he tenido que lidiar con la falacia de la tecnocracia. No sé muy bien por qué pero es un principio socialmente aceptado -lo que Galbraith llamaría sabiduría convencional- que un tecnócrata es capaz de hacer las cosas que se refieren a su ámbito mejor que cualquier otra persona. Es como una especie de mantra o axioma que la gente ha asumido. Es decir, eso es así, sí o sí y el que lo niegue es un pirado. Pues bien, soy un pirado.

Les pongo en situación y me explico un poco: ¿Quien creen que está más capacitado en una familia cualquiera para llevar las cuentas de la casa? ¿Un economista o un mecánico? Pues así, a priori, yo no me sabría decantar por ninguno de los dos. ¿Y las cuentas de una nación? Pues tampoco la verdad. Todo esto viene, como supongo que intuirán, por el asunto Monti y la oleada de “técnicos” que han venido a ocupar de forma nada legítima los gobiernos de Italia y Grecia. Economistas que, se supone, sabrán sacar a sus respectivos países de la crisis.

¿Por qué dudo que sean lo más adecuados para hacerlo? Pues por el mismo motivo que un zorro es el que mejor conoce a otro zorro y sabe cómo prevenir su ataque, y no por ello lo iba a poner a cuidar del gallinero. El señor Monti, primer ministro italiano, por ejemplo, fue parte activa del origen de esta crisis. De hecho, la división internacional de Goldman Sachs ayudó a ocultar la falsedad de la contabilidad pública griega, y ¿a qué no adivinan quien era su asesor? Pues sí, el señor Monti. Su historial es largo y está bien documentado en otros lugares. ¿No creen que, a la hora de tomar decisiones, los incentivos juegan una muy buena baza? Si el señor Monti chupa del frasco privado, ¿por qué iba a buscar lo mejor para “lo público”? Francamente, yo no lo sé.

Y ahí es donde entra todo el rollo este de los incentivos y las milongas psicológicas. Como decía en el título, aún no conozco a nadie a quien un vendedor le haya dicho que no compre su producto. Nadie. El por qué es bastante evidente, los intereses del vendedor no son que el cacharro en cuestión nos sea útil o beneficioso; su objetivo es vender y punto.

Si asumiésemos que el vendedor es el que mejor conoce su gama de productos y los de la competencia, deberíamos fiarnos de su criterio y comprar lo que nos diga independientemente de lo inutil, caro o innecesario que nos sea el producto. Igualmente podríamos operar con un mecánico o un taxista. En una ciudad desconocida, ¿qué nos asegura que el taxista cogerá el itinerario más rápido y corto en lugar del más caro? O ¿qué nos garantiza que un mecánico no va a aflojar algunos tornillos para que visitemos de nuevo su taller en los próximas semanas? Absolutamente nada.

Precisamente por esa cuestión creo que si a algo invitan los técnicos cuya gestión y relaciones son opacos es a la desconfianza. Sólo otro mecánico puede saber si su coche ha sido manipulado o sólo otro miembro de Goldman Sachs puede saber si Monti está mirando para sí o para los demás. No creo en salidas técnicas de la crisis ni creo que “lo técnico” necesariamente sea más eficaz.

E incluso la cosa va más allá. Un técnico juzgando algo subjetivo no se diferencia en mucho de una persona terrenal normal y corriente. Por ejemplo, un experto en pintura dirá si un cuadro cuida más o menos detalles e incluso si tiene influencias de tal o cual autor, pero poco o nada podrá decir sobre si es el cuadro que más sensaciones transmite porque eso dependerá legítimamente de cada cual que observe el cuadro. Del mismo modo que un politólogo es incapaz de guiar al país hacia una democracia perfecta porque eso, la democracia, depende mucho de las percepciones e ideologías de cada cual. Tanto es así, que un economista de izquierda difiere prácticamente en todo con un economista de derechas. Y si ambos son técnicos, ¿qué criterio es el que vale, el de izquierdas o el de derechas?

Por tanto, y concluyendo, creo que no hay base alguna para establecer una correlación medianamente fuerte entre una gestión técnica y una gestión eficaz, más allá de los intereses particulares de cada cual, como puede ser el caso italiano donde evidentemente los intereses de los lobbies neoliberales -a los que Monti pertenece- y de la gran banca -a la que Monti pertenece- se han impuesto con la excusa del tecnocratismo. Veremos si, por el simple hecho de ser Monti un técnico, es capaz de solucionar la crisis italiana. Mucho me temo, queridos y queridas, que va a ser que no.

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