Copago, ¿y eso por qué? II- Lo que hay detrás

Después de contraargumentar el otro día las principales justificaciones economicistas sobre la “necesidad” del copago, quedé en deuda de explicar ahora el por qué es malo en sí el copago y qué ha hecho que en los últimos tiempos se venga poniendo de moda esta necesidad “imperiosa” de establecer el copago. Copago que, por cierto, en adelante será tratado como repago -pues en los impuestos ya va el pago por el uso de la sanidad-. Para el argumentario contra el repago aconsejo que se visite la web de Ángels donde se hace eco de un texto de Benach, Muntaner y Tarafa.

Argumentario contra el repago:

En primer lugar hablaremos de los aspectos directos de equidad. El asunto es simple: ante un repago hay siempre usuarios más afectados y menos afectados. Al ser una tasa fija sobre la utilización, la capacidad adquisitiva no tiene reflejo en el repago. Es decir: una renta baja paga igual que una alta, lo cual es, a todas luces, injusto pues la capacidad de acceso a la sanidad es proporcionalmente más cara para una renta baja que para una alta. Por tanto esto actúa de forma discrecional sobre quienes más suelen utilizar los servicios sanitarios, los ancianos y ancianas de rentas bajas. La medida es, por tanto, regresiva. Además, se institucionaliza el impuesto a la enfermedad, convirtiendo al enfermo en una especie de proscrito que “abusa” del derecho a sanarse.

Por otro lado también tiene mucha importancia, dejando al margen los aspecto éticos y de justicia social, el impacto que tiene sobre la demanda. El efecto psicológico del repago es brutal. Si se grava, aunque sea mínimamente, la atención sanitaria, se dejarán de lado las visitas rituales y de primera atención; fomentándose la automedicación y permitiendo un agravamiento de las enfermedades debido a que no se atajaron cuando eran incipientes. Esto es simple de demostrar: las visitas rutinarias al dentista son muy reducidas en proporción a las visitas rutinarias al ginecólogo o al urólogo. Ambas son necesarias, pero unas son “pagadas” y las otras no. Acudir al dentista cuando se tiene una muela picada que duele puede ser un problema; acudir al ginecólogo cuando te sangra la vagina puede ser, en determinados casos, algo de difícil solución. Es decir, con el repago se traslada el coste de una visita rutinaria a una intervención de mayor calado y, por tanto de coste. Como vemos, el efecto perverso que introduce el repago desde el punto de vista del gasto es también importante.

Además, deja en manos del paciente la decisión sobre si su enfermedad es lo suficientemente importante como para ir al médico o no. Esto supone trasladar, de facto, el sentido y la importancia del médico de familia.

Pero como los análisis y argumentos contra el repago están mucho mejor descritos en el texto que se propone de Ángels, procedo a continuación a tratar, con la sanidad como testigo, el proceso de descomposición provocado del Estado del Bienestar.

La tasa de ganancia (esto es, la proporción entre beneficios e inversión) dirige el mundo. Su caída provoca crisis y en ella surgen los intentos de su recomposición. Con el desmantelamiento del Estado del Bienestar no estamos sino ante un intento de recomponer el crecimiento de la tasa de ganancia. El método es sencillo.

Si cae la tasa de ganancia (que es una fracción) la forma de hacer que aumente es disminuir la inversión o aumentar los beneficios -no beneficios individuales, sino tomados desde un punto de vista colectivo o sectorial-. El método para aumentar beneficios es simple, bien se aumenta la tasa de explotación (se reducen costes laborales) o bien se desarrollan nuevos mercados. El colonialismo y el imperialismo son ejemplos clásicos de desarrollo de nuevos mercados que permitan tirar hacia arriba de la tasa de ganancia. La segunda guerra mundial, por ejemplo, fue otro nuevo mercado.

El capital, en condiciones normales no es creativo. Si la tasa de ganancia crece no hay porque complicarse la vida, que siga el juego. Sin embargo si la tasa de ganancia cae, entonces se encienden las alertas y se empiezan a buscar nuevas formas de obtención de beneficios. El colonialismo, el imperialismo, la segunda guerra mundial o el desarrollo de las hipotecas subprime no son más que ejemplos de cómo el capital busca nuevas formas de aumentar su rentabilidad.

Si han seguido con un mínimo de atención la parrafada anterior comprenderán a dónde voy. El Estado es un gigante que gasta en torno al 45% del PIB en los países del centro (los “desarrollados”). Y, eso, es un bocado muy apetitoso. No estamos ante una racionalización del gasto irracional. No estamos ante el ajuste real de las necesidades del ser humano. Estamos ante una acción natural del capitalismo. Esto del repago es capitalismo. No sólo niños muriéndose en África en guerras de coltán, no sólo fabricas manchesterianas del S.XIX donde se explotaba a hombres, mujeres y niños. El repago es otro recurso más del capitalismo. Un capitalismo que, por su propia dinámica es voraz y no entiende de barcos. Y como se deriva de lo que decía más arriba, la reforma laboral (aumento de la tasa de explotación, reducción de los costes laborales) es, de nuevo, una muestra más del funcionamiento simple del capitalismo.

Por eso no hay argumentario válido a favor del repago. Los intelectuales orgánicos del capitalismo sufren intentando “justificar” la necesidad del repago. Y sufren por una sencilla razón: porque cuando la verdad es tan evidente, intentar engañar se hace muy duro. Es el capitalismo, idiotas.

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Copago, ¿y eso por qué? I – Desmontando mitos

Verán, citando a Ramón de Campoamor, en este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira. Por eso generalmente cuando escucho aseveraciones con marcado carácter político acostumbro a desconfiar y pararme a pensar: ¿de qué color es el cristal con el que se mira al decir eso?

Recientemente he escuchado repetidamente, con ciertas modificaciones poco significativas, un par de declaraciones muy solemnes. El estado del bienestar es insostenible tal y como lo conocemos. El copago es necesario para asegurar el futuro de la sanidad. Y es curioso, porque automáticamente al decir eso la idea que se nos viene (o se me viene) a la cabeza es que el estado del bienestar debe retroceder. A poca gente, al oir esa premisa, se le ocurre pensar que es insostenible porque no sólo no es suficiente sino que, necesariamente, tendrá que ampliarse aún más o será insostenible el descontento popular. No.

La cuestión recae, tirando de otra grande de las letras como Campoamor, Karina, parafraseando a Manrique, en cómo cualquier tiempo pasado nos parece mejor. A eso nos han acostumbrado. Y otra cosa no, pero el hombre, de costumbres sabe vivir. Por eso sabe que reforma laboral implica pérdida de derechos, ajuste significa apretar aún más las tuercas y reforma del Estado del Bienestar significa descomponerlo. La historia permite observar cómo así ha sido, y cómo difícilmente se puede pensar en lo contrario. Por tanto, que en el imaginario colectivo ande la sombra de la destrucción más que la del reforzamiento del Estado del Bienestar es comprensible.

Lo malo de todo esto, de las reformas y de toda esta historia que nos cuentan y nos aplican, es su justificación implícita. Y digo implícita porque aún no he escuchado una argumentación consistente que valide el por qué de tales reformas. Sí que hay panfleto, e incluso falsos tecnicismos que no dicen nada; ah, y mucho criterio de autoridad. Pero poco más. Nadie ha sido capaz aún de justificar la necesidad del copago y su idoneidad. Y dudo mucho que nadie sea capaz de ello. Porque, simplemente, no hay justificación idónea. Sin embargo sí que hay justificaciones políticamente incorrectas, pero esa, como comprenderán, permanece oculta por su propia naturaleza.

Pero ya que estamos metidos en este lío, expongamos brevemente la inconsistencia de los argumentos visibles a favor de la disolución del Estado del Bienestar. Pediría de antemano perdón si abuso del economicismo, pero precisamente es el economicismo el que nos ha metido en estos debates por lo que, para contraargumentar, probablemente sea necesario tirar de cierto economicismo.

1º El uso de los servicios sanitarios es abusivo. Por tanto, se contiene la demanda a través de un impuesto que dificulte el acceso a la sanidad. No hay aseveración más falaz. ¿Es abusivo en base a qué? ¿Hay muchos enfermos? ¿Hay mucha gente que sin estar enferma va al médico? ¿Hay mucha gente que se pone a modo de cordón policial en las puertas de los centros de salud impidiendo el acceso? Analicemos eso críticamente.

Si hay muchos enfermos (es decir, mucha demanda “real”) la solución pasa por cualquier cosa menos por restringir la demanda. Si hay muchos enfermos lo lógico no es decir “pues que no haya tantos y, si los hay, que no vayan al médico”. Eso es esperable de cualquier dictadorzuelo chalado pero de un gobierno parlamentario… cuesta pensar que se deje llevar por esos cantos de sirena. Descartado ese asunto por su propia inconsistencia lógica, al siguiente.

Hay mucha gente que sin estar enferma va al médico y encarece enormemente el sistema sanitario. Se sobreentiende que si esa es la justificación, eso debe ser un hecho reciente (antes hablar de copago en España -recuerden a Hillary Clinton alabando el sistema sanitario español- era, como poco, de ciencia ficción). Sin embargo los datos no dicen que se saturan las consultas por gente que finge enfermedades, sino muy al contrario, se saturan por gente que realmente está enferma. Sólo así se comprende que, según los datos del ministerio, el gasto farmacéutico en España -público y privado- haya tenido un crecimiento muy superior al crecimiento de la población ajustado. Es decir, que hay más enfermos proporcionalmente (o más gasto en farmacia) con el paso del tiempo entre 2004-2009. De hecho, mientras que la población creció un 8,2% en ese período, el gasto farmacéutico medio ajustado creció un 19% aproximadamente. Ante esto, aún, quedan dos visiones: o que los enfermos estén enfermos de verdad o que los médicos receten sin ton ni son. Y, como comprenderán, ninguna de las dos alternativas son ajustables a través de la introducción del copago sino más bien a través de la educación sanitaria de unos y de otros.

2º El gasto sanitario es desproporcionado. Si alguien se atreve a decir que el gasto sanitario es altísimo y que hay que compensarlo con un impuesto, por muy injusto e ineficaz que sea, debería hacerse mirar los datos de gasto público frente al privado en sanidad y cómo desde 1983 comienza a caer progresivamente el gasto público desde el 85% hasta el 73% actual. Es decir, que el peso relativo del Estado en el gasto en sanidad está siendo menor año a año. Y si lo miramos desde la única vertiente del Estado, el gasto público en sanidad es del 6,1% del PIB. Apenas tres décimas por encima de lo que gasta la media de la OCDE y bastante por debajo de lo que gasta Bélgica, Canadá, Francia o Alemania, por lo que es muy difícil hablar de “sobredimensionamiento”.

Por tanto queda desmontado el pobre argumentario a favor del copago y mañana (o en los próximos días) entraremos a ver qué hay detrás del copago y cuales son los principales argumentos en contra (más allá de los contraargumentos hacia sus defensores).

 

 

 

 

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