El trabajo en Karl Marx. (IV) Acumulación y crisis

Termina aquí la saga dedicada a la introducción de la economía política marxista. En esta entrada debatiremos cómo la existencia del capitalismo lleva aparejada a sí misma la existencia de la crisis y en qué consisten esos términos. Sin embargo, quedan pendientes muchas cuestiones como por ejemplo por qué existen los capitalistas y los trabajadores. Esta cuestión, que está resuelta, la tengo planeada para un futuro incierto para intentar ilustrarla de la mejor manera posible.

Como decíamos en anteriores entradas, y por recordar, el capitalista necesita al trabajador para poder conseguir ese extra necesario para vivir, pues el dinero, por sí solo, no devuelve más dinero que el que se entrega al inicio. De este modo, al cobrar más barato el trabajador por su fuerza de trabajo que el trabajo que realmente aporta al proceso productivo, surge la plusvalía.

Esta plusvalía, que es la base de la acumulación capitalista, puede verse incrementada de varias formas. De una forma directa, esto es, incrementando las horas de trabajo. Si un trabajador produce para sí mismo -el tiempo necesario para alcanzar su mínimo de subsistencia- cuatro horas, y para el capitalista -en forma de plusvalía- durante otras cuatro horas, si el capitalista quiere aumentar la plusvalía obtenida deberá aumentar el número de horas que el trabajador trabaja para el capitalista. Así, un alargamiento de la jornada laboral conlleva automáticamente a un aumento de la plusvalía obtenida. (más…)

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El trabajo en Karl Marx. (III) Trabajo y plusvalía

Si en la entrada anterior de esta saga comentábamos cómo el capitalista se encuentra con un problema fundamental, el de convertir D en D’, en ésta entrada vamos a intentar resolver dicho problema (o aproximarnos a su resolución).

De acuerdo con lo que decíamos, el trabajo es una mercancía de la cuál están compuestas el resto de mercancías. Una medida común para todas las mercancías puede ser, por tanto, la cantidad de trabajo aportado a la fabricación de dichas mercancías a través de la expresión “horas trabajadas”. Así, la fabricación de una mesa requerirá para el trabajador medio 30 horas de trabajo, y la fabricación de un armario requerirá para el trabajador medio 60 horas de trabajo, pudiendose intercambiar dos mesas por un armario. De este modo, al igual que en la entrada anterior introdujimos la figura de la moneda, en esta usaremos un denominador común que es las horas trabajadas.

Como se ve, usamos horas de trabajo de un trabajador medio con una cualificación media por una cuestión de simplicidad analítica. Un trabajador más vago o menos cualificado requerirá de más horas de trabajo que uno más activo o más cualificado, pero en esencia, el resultado no varía.

El trabajo, además, posee una característica fascinante que ya anunciamos en la anterior entrada: no se gasta. O mejor dicho, es capaz de ser repuesta. Si a una maquina le incorporamos un tornillo, ese tornillo muy difícilmente podremos volverlo a usar. Sin embargo, para el trabajo, este impedimento no existe. Un trabajador puede gastar toda su energía (su trabajo) y, una vez descansado, volver a usarla. Esto equivale, en el caso del tornillo, a comprar otro. (más…)

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El trabajo en Karl Marx. (II) Mercancías e intercambio

En el primer artículo de esta pequeña introducción a la economía marxista analizábamos por un lado los fundamentos metodológicos de Marx y, posteriormente, algunas características básicas de las mercancías de acuerdo con el esquema de Marx.

Así, decíamos que “[...] esto nos lleva, como mínimo, a dos suposiciones. La primera es que toda mercancía posee un valor de cambio susceptible de ser comparado con el de otra; y, por otro lado, que toda mercancía tiene la capacidad de ser útil en algún sentido. Estas dos apreciaciones tendrán importancia en los sucesivos artículos que publicaré acerca de la teoría del trabajo marxista.”

De este modo, si las mercancías son útiles y además comparables, la existencia de un mercado es casi una imposición lógica. Hay gente que posee unas mercancías y que quiere otras. El exceso de unas para un individuo, al ser comparables con otras, permite que se intercambien por otras escasas para nuestro individuo. Poniendo un simple ejemplo: dos manzanas serán intercambiables por un limón; así, quien posea más manzanas de las que necesita, podrá cambiarlas con alguien que posea limones que no necesita a razón de 2 manzanas por un limón.

Nótese que cualquier mercancía está compuesta de trabajo. Así, un limón será igual a la cantidad de trabajo necesaria para recogerlo. E incluso actividades más sofisticadas como las máquinas son convertibles a trabajo, al ser la maquinaria fruto de trabajo (de un ingeniero, un mecánico, etc.). De este modo, existe una mercancía particular, el trabajo, que es a su vez mercancía (en puridad, la fuerza de trabajo) y composición del resto de mercancías. (más…)

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Lucha de clases en sentido de Pareto

Vilfredo Pareto fue muchas cosas en su vida. Italiano, economista, fascista y sociólogo. Probablemente fue otras muchas cosas más en su vida, pero las que más interesan aquí son las tres últimas: su faceta como economista, fascista y sociólogo.

Para comprender un poco por qué interesan esos aspectos de su vida conviene describir, de una forma del todo inexacta pero pedagógica los conceptos de lucha de clases y la eficiencia en sentido de Pareto. Finalmente tocaremos el tema del fascismo, subyacente en la visión de Pareto.

La lucha de clases se podría definir como la expresión de las contradicciones internas de un determinado modo de producción. La lucha de clases es la batalla que mantienen -unas veces de forma más evidente y otras menos- los oprimidos con los opresores por el cambio del statu quo. Así, los movimientos de liberación de tierras en la Edad Media era una expresión de la lucha de clases entre siervos y señores feudales; o las negociaciones salariales en la empresa moderna entre patronal y sindicatos. El objetivo de esta lucha de clases es desplazar el poder de unos en favor del de otros a causa del movimiento de estos otros. Por tanto, también es lucha de clases el forzar a un gobierno a destinar dinero a cubrir las deudas del capital financiero en lugar de destinarlo a las capas populares en forma de educación o sanidad.

Por otro lado nos topamos con el simpático término económico-social acuñado por Vilfredo Pareto: El de la eficiencia en sentido de Pareto. Este concepto nos dice que una situación será óptima (o eficiente en sentido de Pareto) si los demás no pueden mejorar si no es a costa de unos. Ejemplificando esto un poco: supongamos que existen tres individuos y cuatro plátanos. El plátano es un bien deseado por todos los individuos pero en el reparto de los plátanos el individuo A tiene tres plátanos, el B uno y el C ninguno. Esta situación sería pareto-eficiente (u óptima en el sentido de Pareto) dado que para que C tenga un plátano es necesario que A lo pierda. Del mismo modo ocurrirá para B y para A, que estos no podrán mejorar (tener más plátanos) sin que pierda otro. Eso es, en esencia, una situación pareto-eficiente.

¿Quien puede negar que el concepto de pareto-eficiencia no es el mejor de los conceptos económicos jamás inventados para la clase dominante? ¿Quién puede negar que A, beneficiado en el reparto inicial con más plátanos que el resto, estará muy conforme en que el mundo se organice en base a este concepto? Buena cuenta de ello se dieron los economistas del régimen para hacer de la eficiencia en sentido de Pareto la guía que debe regir el reparto de asignaciones. La justicia, la colmación de las necesidades, etc. no tienen sentido dentro del mundo económico neoclásico -dominante en nuestras escuelas y facultades-. El objetivo es alcanzar la eficiencia en el sentido de Pareto a través de intercambios simples, carentes de toda carga ideológica -y por ello, a la vez, repletos de ella-.

Y, como decíamos más arriba, sólo a un fascista se le pudo ocurrir tal estupidez. El mantenimiento del statu quo sólo puede ser promovido y defendido por un fascista. Y el concepto de pareto-eficiencia es el máximo exponente de una defensa institucionalizada del statu quo. ¿Cómo pueden las masas reclamar el poder si el poder ya está repartido y es un bien deseado por todos? ¿Cómo pueden los y las trabajadores y trabajadoras luchar por un mañana socialista a costa de desposeer a los capitalistas de su ganancia, si esta ya venía dada? No tiene sentido hablar de lucha de clases si el filtro que usamos es la eficiencia en sentido de Pareto y por eso fue rápidamente tomado por el establishment para sí este concepto. Por eso el fascismo se muestra en Pareto en su forma más descarnada, la de ser el peón del capitalismo. Ser, mientras este permanece en la sombra, su paladín más fiel. Su Paco el Bajo, para el señorito Iván de la obra de Delibes. Ese fascismo que dice “quietos, mirad para otro lado”. Tácticas qeu bien son usadas ahora también por el nacionalismo burgués catalán.

Por tanto conviene al joven estudiante de economía conocer, identificar y denunciar el verdadero sentido de la “eficiencia en sentido de Pareto” e incluso me atrevería a señalar a una amplia gama de profesores que ni siquiera se pararon a cuestionarse de qué iba realmente eso de la eficiencia paretiana.

 

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Lucha de clases: Salarios y Crisis

En los últimos días hemos podido escuchar como la Comisión Europea solicita para España que se aumente el IVA y que se flexibilice aún más el mercado laboral.

Como sabemos, el IVA es un impuesto regresivo, esto es: no importa cuál sea tu capacidad económica que lo pagas igual que otro que la tenga superior o inferior. La bolsa de gusanitos de los niños ricos la paga el padre igual de cara que la de los niños pobres. Por tanto, se hace más difícil para un padre o madre pobre pagar una bolsa de gusanitos que para una madre o padre rica.

Pero por otro lado el IVA no es sólo un impuesto regresivo que hace que los menos pudientes, ante su subida, lo pasen peor que los más ricos; no, además es un impuesto que grava el consumo. Si una bolsa de gusanitos vale 20 céntimos, con una subida del IVA la bolsa valdrá algo más. De este modo, aquellos cuyo salario les permitía comprar al mes, llegando muy justos, una bolsa de gusanitos para sus hijos, ya no podrán comprar ninguna.

Se puede compensar una subida del IVA con el aumento de salarios que hagan que esa subida se suavice, pero de acuerdo con la OCDE, en España los salarios reales (es decir, aquellos que miden la capacidad adquisitiva real) cayeron un 4% entre 1996 y 2007. En concreto durante el año 2010 cayeron en el orden del 0,5%.

En ese entorno en el que los precios suben (a causa de muchos factores, pero se agravan con la subida del IVA), y los salarios caen, lógicamente el consumo disminuirá. Así nos encontramos con que, si disminuye el consumo -en nuestro caso, de gusanitos- varias empresas que se dedicaban a la fabricación, envasado, distribución y venta de gusanitos cerrarán o reducirán personal, engrosando las listas del paro (situadas según los últimos datos disponibles de la EPA en 4.910.200 desempleados); con lo cual nos encontramos con más padres cuyo poder adquisitivo ha disminuido (por pasar de cobrar 1100 euros a, en algunos casos, nada); lo cual no hace sino incrementar esa bola de subconsumo debido a un problema de demanda; modelo que es perfectamente válido para el resto de sectores y no sólo para el de los gusanitos.

Ante la crisis muchos gobiernos, en especial el español, se han focalizado en la creación de empresas a través de ese virus llamado “del emprendedor”. Si quieres que te vaya bien en la vida la solución es simple -aseguran los medios de comunicación, las universidades, las campañas publicitarias…- sé emprendedor. De este modo tú, y sólo tú, podréis demostrarle al mundo que everything is allright.

Pues bien, sinceramente no entiendo por qué se hacen tantos esfuerzos del lado de la oferta -impulsando la creación de empresas- cuando es evidente que el problema está en la demanda -bajo poder adquisitivo de la sociedad-.

En ese sentido, el objetivo de un gobierno socialdemócrata al uso es bien sencillo: impulsar el consumo a través de la deuda pública; una deuda que financiar mediante la subida impositiva a las rentas más altas y al impuesto sobre sociedades habilitando tramos más altos en función de beneficios. De este modo el Estado absorbe desempleados, los pone a trabajar, genera salarios, impulsa el consumo, provoca que haya producción y beneficios para las empresas y, además, recupera el dinero invertido -la deuda- mediante el aumento de ingresos vía impuestos.

Sin embargo el enfoque económico ha sido bien distinto. Se ha impulsado la liquidez bancaria aumentando la deuda pública -en lugar de generar puestos de trabajo-, con el objetivo de que las empresas sigan endeudándose para seguir produciendo y dando trabajo (es decir, no es ya el Estado el que impulsa el trabajo, sino que se deja en manos de las empresas privadas). Los bancos, a quien nadie obligó que diesen crédito, se sanearon por dentro con el dinero público y cortaron el grifo a las empresas. Así mismo debemos tener presente que en España los salarios reales iban en constante descenso, teniendo los y las trabajadores que acudir a por prestamos para poder ir tirando -máxime cuando se tienen que enfrentar a monstruosas hipotecas-. Si no hay prestamos, no hay consumo. Si no hay prestamos, no hay producción. Si no hay consumo ni producción se cierran empresas, se despiden trabajadores, se imposibilita el pago de deuda pública por caída de ingresos y se agrava la crisis. Pero, ¿qué crisis? Evidentemente, la crisis de los pobres.

La cuestión es sencilla: ¿Cómo, sin aumentar el poder de los trabajadores, hemos sido capaces de soportar un crecimiento que ha sido absorbido en su totalidad por los beneficios, en lugar de por los salarios? Pues simplemente porque somos herederos de unos salarios reales en caída compensados a través del crédito que crearon una falsa ilusión de riqueza y que generó una burbuja que muchos vieron y nadie -de los que podían a través de leyes, y de los que se estaban enriqueciendo a manos llenas- impidió que se agrandase y explotase, beneficiando así a unos pocos banqueros y dueños del capital.

Es por ese mismo motivo por el que lo primero que hay que hacer es poner dinero en manos de la gente e impulsar el consumo como medida más urgente al corto plazo. Ese tiene que ser el objetivo más inmediato como medida para la creación de empleo. Sin embargo, como decía más arriba, parece ser que la Comisión Europea no acaba de comprender esto; o siendo más claros, sólo acaba de comprender que el Estado necesita ingresos para poder pagar los intereses de la deuda a los fondos de inversión y especuladores varios que especulan con las necesidades de la sociedad; esa es la verdadera preocupación de la Comisión Europea, el bienestar y el beneficio de los causantes de nuestra crisis.

Estamos, ante todo, en la eterna lucha de clases. Parece que, de momento, están ganando la partida; sin embargo hay un rayo de esperanza ahora cuando la ciudadanía se ha dado cuenta de que nadie buscó ayudar y que se vivía en una burbuja constante a costa del crédito -alimentando a ese puñado de alimañas carroñeras que son los “mercados financieros”-, cuando se explota y se ocupan plazas. Es ahora cuando hay que demostrar que se está a la altura y que esto hay que cambiarlo de forma que no haya nadie que pueda volver a cambiar la situación, porque el proceso democrático está ya en la calle. Es ahora cuando los pobres, una vez sufrida su crisis, tienen la obligación de pasarles la factura a aquellos que con el dinero público lo usaron para sí mismos y a aquellos que, sabiéndolo, no intervinieron.

 

Este articulo también se puede leer en: http://www.economiacritica.net/?p=287

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