Copago, ¿y eso por qué? I – Desmontando mitos

Verán, citando a Ramón de Campoamor, en este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira. Por eso generalmente cuando escucho aseveraciones con marcado carácter político acostumbro a desconfiar y pararme a pensar: ¿de qué color es el cristal con el que se mira al decir eso?

Recientemente he escuchado repetidamente, con ciertas modificaciones poco significativas, un par de declaraciones muy solemnes. El estado del bienestar es insostenible tal y como lo conocemos. El copago es necesario para asegurar el futuro de la sanidad. Y es curioso, porque automáticamente al decir eso la idea que se nos viene (o se me viene) a la cabeza es que el estado del bienestar debe retroceder. A poca gente, al oir esa premisa, se le ocurre pensar que es insostenible porque no sólo no es suficiente sino que, necesariamente, tendrá que ampliarse aún más o será insostenible el descontento popular. No.

La cuestión recae, tirando de otra grande de las letras como Campoamor, Karina, parafraseando a Manrique, en cómo cualquier tiempo pasado nos parece mejor. A eso nos han acostumbrado. Y otra cosa no, pero el hombre, de costumbres sabe vivir. Por eso sabe que reforma laboral implica pérdida de derechos, ajuste significa apretar aún más las tuercas y reforma del Estado del Bienestar significa descomponerlo. La historia permite observar cómo así ha sido, y cómo difícilmente se puede pensar en lo contrario. Por tanto, que en el imaginario colectivo ande la sombra de la destrucción más que la del reforzamiento del Estado del Bienestar es comprensible.

Lo malo de todo esto, de las reformas y de toda esta historia que nos cuentan y nos aplican, es su justificación implícita. Y digo implícita porque aún no he escuchado una argumentación consistente que valide el por qué de tales reformas. Sí que hay panfleto, e incluso falsos tecnicismos que no dicen nada; ah, y mucho criterio de autoridad. Pero poco más. Nadie ha sido capaz aún de justificar la necesidad del copago y su idoneidad. Y dudo mucho que nadie sea capaz de ello. Porque, simplemente, no hay justificación idónea. Sin embargo sí que hay justificaciones políticamente incorrectas, pero esa, como comprenderán, permanece oculta por su propia naturaleza.

Pero ya que estamos metidos en este lío, expongamos brevemente la inconsistencia de los argumentos visibles a favor de la disolución del Estado del Bienestar. Pediría de antemano perdón si abuso del economicismo, pero precisamente es el economicismo el que nos ha metido en estos debates por lo que, para contraargumentar, probablemente sea necesario tirar de cierto economicismo.

1º El uso de los servicios sanitarios es abusivo. Por tanto, se contiene la demanda a través de un impuesto que dificulte el acceso a la sanidad. No hay aseveración más falaz. ¿Es abusivo en base a qué? ¿Hay muchos enfermos? ¿Hay mucha gente que sin estar enferma va al médico? ¿Hay mucha gente que se pone a modo de cordón policial en las puertas de los centros de salud impidiendo el acceso? Analicemos eso críticamente.

Si hay muchos enfermos (es decir, mucha demanda “real”) la solución pasa por cualquier cosa menos por restringir la demanda. Si hay muchos enfermos lo lógico no es decir “pues que no haya tantos y, si los hay, que no vayan al médico”. Eso es esperable de cualquier dictadorzuelo chalado pero de un gobierno parlamentario… cuesta pensar que se deje llevar por esos cantos de sirena. Descartado ese asunto por su propia inconsistencia lógica, al siguiente.

Hay mucha gente que sin estar enferma va al médico y encarece enormemente el sistema sanitario. Se sobreentiende que si esa es la justificación, eso debe ser un hecho reciente (antes hablar de copago en España -recuerden a Hillary Clinton alabando el sistema sanitario español- era, como poco, de ciencia ficción). Sin embargo los datos no dicen que se saturan las consultas por gente que finge enfermedades, sino muy al contrario, se saturan por gente que realmente está enferma. Sólo así se comprende que, según los datos del ministerio, el gasto farmacéutico en España -público y privado- haya tenido un crecimiento muy superior al crecimiento de la población ajustado. Es decir, que hay más enfermos proporcionalmente (o más gasto en farmacia) con el paso del tiempo entre 2004-2009. De hecho, mientras que la población creció un 8,2% en ese período, el gasto farmacéutico medio ajustado creció un 19% aproximadamente. Ante esto, aún, quedan dos visiones: o que los enfermos estén enfermos de verdad o que los médicos receten sin ton ni son. Y, como comprenderán, ninguna de las dos alternativas son ajustables a través de la introducción del copago sino más bien a través de la educación sanitaria de unos y de otros.

2º El gasto sanitario es desproporcionado. Si alguien se atreve a decir que el gasto sanitario es altísimo y que hay que compensarlo con un impuesto, por muy injusto e ineficaz que sea, debería hacerse mirar los datos de gasto público frente al privado en sanidad y cómo desde 1983 comienza a caer progresivamente el gasto público desde el 85% hasta el 73% actual. Es decir, que el peso relativo del Estado en el gasto en sanidad está siendo menor año a año. Y si lo miramos desde la única vertiente del Estado, el gasto público en sanidad es del 6,1% del PIB. Apenas tres décimas por encima de lo que gasta la media de la OCDE y bastante por debajo de lo que gasta Bélgica, Canadá, Francia o Alemania, por lo que es muy difícil hablar de “sobredimensionamiento”.

Por tanto queda desmontado el pobre argumentario a favor del copago y mañana (o en los próximos días) entraremos a ver qué hay detrás del copago y cuales son los principales argumentos en contra (más allá de los contraargumentos hacia sus defensores).

 

 

 

 

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